Todos nos hemos despertado alguna vez un fin de semana con
un ruido espantoso porque hay obras en la calle. Nada más despertar, el mal
humor está ahí, pero no queda otra que aceptar el ruido e iniciar el día. Después, durante el día, algo no va bien. Sientes que el
ruido de las obras se ha quedado incrustado en mi cabeza. Te consume por
dentro. Poco a poco, creando un nudo en mi estómago.
Pero a veces el ruido no viene de fuera, sino de dentro. No
hay obras, el problema está en la mente. Es el cúmulo de preocupaciones y responsabilidades que vamos
acumulando a lo largo de la semana y que, justo cuando tenemos tiempo para
descansar, aparecen. Nos impiden relajarnos y disfrutar el momento. De nuevo,
estoy con la mente más pendiente del futuro que del presente.
Lo más doloroso de todo esto es que es algo común y nos pasa
a muchas personas. Es una sensación muy poco agradable, que, a la larga, nos va
deteriorando en todos los aspectos de la vida: físico, mental, social. Pero hay
algo que puede servir como remedio a corto, medio y largo plazo.
Este remedio es un tren, un tren que inicia su trayecto
justo al lado de las obras y viaja hasta nuestro corazón. Un viaje en el que
tenemos la oportunidad de vaciarnos, de quitarnos todas las preocupaciones de
encima durante un rato para centrarnos, calmarnos y soltar. Poco a poco, se va
deshaciendo ese nudo que sentía en el estómago. Poco a poco, el ruido de las
obras es cada vez menor. Y, una vez finaliza el viaje y el tren vuelve a la
estación de la realidad, me encuentro en una sensación de paz que no sentía
hacía tiempo. Dios está en mí.
El tren no tiene horario ni forma. Una manera de detenernos
y subirnos a él es mediante el Examen Ignaciano. Con él, San Ignacio nos invita
a examinar nuestro día, a reconocer esos “ruidos internos” y a entregarlos a
Dios. Porque cuando soltamos y nos vaciamos en su presencia, Él llena nuestro
corazón de paz.
Una vez subidos al tren, simplemente debemos dejarnos
llevar, porque es Dios quien estará siempre al mando
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