NUESTRAS PARROQUIAS

Buscamos unas Parroquias que sean Comunidades generadoras de vida, en ella fuimos engendrados por el Bautismo, y ella acompaña a sus hijos desde que nacen hasta que mueren. Escuela en la que nos formamos y maduramos unos con otros en la fe por la evangelización y la formación, como tarea permanente de conversión personal y comunitaria, entendida como un proceso dinámico que nunca acaba, como experiencia profunda de Dios e interiorización de la vida de Cristo (Gál 2,20; Filp 1,21). Debe ser un lugar de encuentro y vínculo de comunión, casa abierta a todos, hogar de los pobres, plataforma misionera, donde aprendemos y vivimos en libertad, fermento de nueva humanidad. Atenta a los signos de los tiempos y a las necesidades de nuestra gente


Bizitza sortzen duen Parrokia baten bila gabiltza, bertan Bataioaren bidez sortu ginen, eta gure seme-alabei jaiotzetik hil arte laguntzen diena. Katekesi eta ebanjelizazioaren fedean hezten eta heltzen garen ikastetxea da, bihurtze pertsonal eta komunitarioko etengabeko zeregin bezala, inoiz bukatzen ez den prozesu dinamiko bat bezala ulertua, Jainkoaren esperientzia sakona eta Kristoren bizitzaren barnerapen bezala (Gal 2,20; Filp 1,21). Topagune eta elkarte-lotura izan behar du, denontzat irekitako etxea, behartuen etxebizitza, plataforma misiolaria, aske ikasi eta bizitu dezakegunak, gizarte berri baten hartzigarria.


viernes, febrero 09, 2024

Fiducia supplicans (confianza suplicante)

 

CONFIANZA SUPLICANTE, BENDICIÓN ASEGURADA
GABRIEL Mª OTALORA

Esta pareja de esposos católicos finalmente recibió la bendición - The New  York Times

Leo con interés la declaración Fiducia supplicans (confianza suplicante) sobre el sentido pastoral de algunas bendiciones. Y lo hago también con pena por algunas reacciones que parecen salidas de quienes leen el Evangelio al revés poniendo por delante las normas a las actitudes. Estamos ante un texto doctrinal, o lo que es lo  mismo, un texto que trata sobre las verdades del Evangelio bajo el precioso título “Confianza suplicante”, tan ligado al salmo 27: Dios da paz y alivio especialmente en los momentos más duros de la vida. Y la dura exclusión no es menor en el caso que nos ocupa.

Jesús se acercaba decididamente y sin exclusiones a las periferias poniendo amor y deseando de corazón y con hechos el bien de todos. Especialmente en el caso de los excluidos por cualquier causa. El Evangelio está plagado de esta actitud de bendición (desear activamente el bien), igual que lo está de lo contrario: el rechazo a bendecir y sanar por parte de quienes ostentaban las esencias de la Ley de Dios. Ahora es el caso de las personas del mismo sexo, a los católicos vueltos a casar civilmente sin haber recibido una anulación…

Esta Declaración, en palabras del propio texto, “implica una evolución real de lo que se ha dicho sobre las bendiciones en el magisterio y en los textos oficiales de la Iglesia”. Y remacha afirmando el valor de ofrecer una contribución específica e innovadora al significado pastoral de las bendiciones. Esto amplía y enriquece la comprensión clásica de las bendiciones, encorsetada en la expresión litúrgica. El propio documento es su punto 9, afirma que “desde un punto de vista estrictamente litúrgico, la bendición requiere que aquello que se bendice sea conforme a la voluntad de Dios”. ¿Y en qué texto bíblico aparece que la voluntad de Dios es excluir la bendición a quienes en verdad se aman?

El texto comienza con el recordatorio del Papa: “Es una bendición para toda la humanidad”, sin exclusiones. De lo contrario, ¿cómo encajar algo más radical, como es amar a nuestros enemigos y a quienes nos persiguen? Si no podemos desear el bien a parejas homosexuales, ¿cómo vamos a cumplir el mandato de bendecir a quienes nos persiguen? Si reducimos lo esencial de la bendición al rito litúrgico, es imposible captar el sentido pastoral basado en el espíritu evangélico, creador de fraternidad humana. La liturgia es expresión de la doctrina vivida, y no al revés.

Cuánta necesidad de un Dicasterio de la Ortopraxis, como lo he señalado en alguna otra ocasión. Tan severos en la ortodoxia, se nos va la verdadera esencia de Cristo por el sumidero de la arrogancia, la exclusión, el adoctrinamiento y la falta absoluta de compasión.

Si con la exhortación Amoris laetitia el Papa Francisco clamaba por una pastoral familiar en clave de escucha, discernimiento y misericordia, y le tildaron de hereje, esos mismos censores inmisericordes no iban a quedarse callados. Hereje, sí, acusado de propagar nada menos que 7 posturas heréticas en la Correctio filialis de haeresibus propagatis (Müller, Burke…) a la que obispos como Sanz y Munilla aplauden, y otros muchos a favor de la línea de Francisco callan por una cobardía teñida de prudencia; esta es otra forma de escandalizar, que conste.

En definitiva, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe afirma en la nota introductoria de Fiducia supplicans que “se puede bendecir a parejas en situación irregular y a parejas del mismo sexo sin validar oficialmente su estatus ni cambiar en modo alguno la enseñanza perenne de la Iglesia sobre el matrimonio”. Un avance, pues en 2021 se decía que sólo era posible bendecir a los individuos por separado. ¡No me imagino a Cristo puntualizando estas disquisiciones! Se bendice a las dos personas, y se pide para esa pareja salud, trabajo, paciencia, y que puedan vivir cada vez con mayor fidelidad al Evangelio. Es decir, con amor verdadero.

viernes, febrero 02, 2024

¿Quieres cambiar el mundo?

 ¿Quieres cambiar el mundo?

En nuestra mentalidad comercial, de niño pequeño se podría decir, estamos acostumbrados a que si algo no nos satisface, lo podemos cambiar en la tienda por otra cosa y además está en nuestros derechos. Con las cosas del mundo y la propia creación esperamos que sea así, pero Dios no nos devuelve nuestro dinero, porque nadie pagó por vivir en este mundo sino que fue un regalo.
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¿Cuántas veces has pensado en cambiar el mundo? ¿te gustaría cambiarlo?
A mí me encantaría, está en mi forma de ser, supongo, querer mejorarlo todo.

Pero, acercarse así al mundo y a las grandes organizaciones: política, religión, ideologías, valores… es del todo frustrante, pues encuentras en tu mente soluciones maravillosas a los problemas del mundo, que jamás podrás aplicar.

En esta frustración y malestar continuo, me saca de mí una idea:
Cambiar el mundo, implica que el mundo está mal, lo cual implica que Dios lo hizo mal y yo tengo un diseño mejor que el de Dios, ¡qué grande soy!.

Este razonamiento no hace otra cosa que demostrar que estoy equivocado, mi solución no puede ser mejor que la de Dios y además el mundo no necesita ser cambiado porque si lo hizo Dios ya es perfecto por definición, lo cual es bastante duro de decir conociendo el presente y pasado de la humanidad.

¿Qué hacer llegados a este punto? ¿Qué hizo Jesús?
Caigo en la cuenta de que Jesús no cambió nada del mundo, ni dijo nunca que fuera a cambiar nada: “no he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud” (Mt 5, 17-19) El Dios hecho hombre pasa por el mundo sin la más mínima intención de cambiarlo, y de hecho no lo cambia, a la vista está. Sin embargo yo me muero de agonía al ver que no soy ni seré capaz de cambiar el mundo… ¡soy tonto! Evidentemente.

Vale, Jesús no cambió el mundo, entonces ¿qué hizo? para poder hacerlo yo también.
Entre otras cosas nos hizo un «tutorial» de cómo vivir, es decir, fue nuestro tutor por unos años. Nos enseñó a amar el mundo en lugar de cambiarlo, nos enseñó cómo vivir amando, gracias al perdón.
Si no vivimos amando, estamos perdidos en la agonía de un mundo frustrante lleno de “imperfecciones” cuyo único horizonte es la muerte. Por eso podemos decir que Jesús nos trajo la salvación al enseñarnos el camino, la verdad y la vida en ese tutorial que es su persona, Dios hecho hombre para salvar al mundo. Ahora lo entiendo mejor.

Ya no quiero cambiar el mundo, ahora siento como nunca que quiero amarlo, por fin entiendo algo más las expresiones de amar la pobreza, la debilidad, la imperfección relativa, la miseria humana… Ya no se trata sólo de palabras ideales, es que no hay nada que cambiar, a parte de mi forma de estar en el mundo. O, ¿acaso si todos amásemos a los demás, como a nosotros mismos, dejaríamos morir de hambre a alguien?. Y sin embargo la pobreza no dejaría de existir, puesto que es inherente a la libertad del hombre y también a este hombre injusto le debo mi amor o estaré siendo yo injusto con mi parte del trato. «Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor» (Rm. 13, 8)

No me queda otra salida, si quiero la felicidad, y disfrutar de la vida, es decir, si quiero la salvación en vida, lo único que puedo hacer es amar hasta incluso perdonar, es decir, dar lo mejor de mí, lo mejor que tenemos dentro cada uno, tal y como hizo Jesús como recordaremos dentro de unos días en el capítulo fundamental de ese tutorial de cómo ser persona, la Semana Santa, tutorial que pasa por la cruz, pero no termina en ella.

sábado, enero 13, 2024

 Qué es el Tiempo Ordinario? - YouTube

En la Liturgia estamos en el

 TIEMPO ORDINARIO

Este tiempo se convierte así en un gimnasio auténtico para encontrar a Dios en los acontecimientos diarios.

Ordinario no significa de poca importancia, anodino, insulso, incoloro. Sencillamente, con este nombre se le quiere distinguir de los “tiempos fuertes”, que son el ciclo de Pascua y el de Navidad con su preparación y su prolongación.

Es el tiempo más antiguo de la organización del año cristiano. Y además, ocupa la mayor parte del año: 33 ó 34 semanas, de las 52 que hay.

El Tiempo Ordinario tiene su gracia particular que hay que pedir a Dios y buscarla con toda la ilusión de nuestra vida: así como en este Tiempo Ordinario vemos a un Cristo ya maduro, responsable ante la misión que le encomendó su Padre, le vemos crecer en edad, sabiduría y gracia delante de Dios su Padre y de los hombres, le vemos ir y venir, desvivirse por cumplir la Voluntad de su Padre, brindarse a los hombres…así también nosotros en el Tiempo Ordinario debemos buscar crecer y madurar nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor, y sobre todo, cumplir con gozo la Voluntad Santísima de Dios. Esta es la gracia que debemos buscar e implorar de Dios durante estas 33 semanas del Tiempo Ordinario.

Crecer. Crecer. Crecer. El que no crece, se estanca, se enferma y muere. Debemos crecer en nuestras tareas ordinarias: matrimonio, en la vida espiritual, en la vida profesional, en el trabajo, en el estudio, en las relaciones humanas. Debemos crecer también en medio de nuestros sufrimientos, éxitos, fracasos. ¡Cuántas virtudes podemos ejercitar en todo esto! El Tiempo Ordinario se convierte así en un gimnasio auténtico para encontrar a Dios en los acontecimientos diarios, ejercitarnos en virtudes, crecer en santidad…y todo se convierte en tiempo de salvación, en tiempo de gracia de Dios. ¡Todo es gracia para quien está atento y tiene fe y amor!

El espíritu del Tiempo Ordinario queda bien descrito en el prefacio VI dominical de la misa: “En ti vivimos, nos movemos y existimos; y todavía peregrinos en este mundo, no sólo experimentamos las pruebas cotidianas de tu amor, sino que poseemos ya en prenda la vida futura, pues esperamos gozar de la Pascua eterna, porque tenemos las primicias del Espíritu por el que resucitaste a Jesús de entre los muertos”.

Este Tiempo Ordinario se divide como en dos “tandas”. Una primera, desde después de la Epifanía y el bautismo del Señor hasta el comienzo de la Cuaresma. Y la segunda, desde después de Pentecostés hasta el Adviento.

Les invito a aprovechar este Tiempo Ordinario con gran fervor, con esperanza, creciendo en las virtudes teologales. Es tiempo de gracia y salvación. Encontraremos a Dios en cada rincón de nuestro día. Basta tener ojos de fe para descubrirlo, no vivir miopes y encerrados en nuestro egoísmo y problemas. Dios va a pasar por nuestro camino. Y durante este tiempo miremos a ese Cristo apóstol, que desde temprano ora a su Padre, y después durante el día se desvive llevando la salvación a todos, terminando el día rendido a los pies de su Padre, que le consuela y le llena de su infinito amor, de ese amor que al día siguiente nos comunicará a raudales. Si no nos entusiasmamos con el Cristo apóstol, lleno de fuerza, de amor y vigor…¿con quién nos entusiasmaremos?

Cristo, déjanos acompañarte durante este Tiempo Ordinario, para que aprendamos de ti a cómo comportarnos con tu Padre, con los demás, con los acontecimientos prósperos o adversos de la vida. Vamos contigo, ¿a quién temeremos? Queremos ser santos para santificar y elevar a nuestro mundo.

martes, enero 02, 2024

Atacar los derechos humanos es atacar a Dios

 

El 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Es el documento ético-espiritual más importante del siglo XX. Fue escrito sobre los escombros y los cadáveres de la Segunda Guerra Mundial, con la sangre y las cenizas de los asesinados en campos de concentración y ciudades devastadas, bajo el grito ensordecedor de sus víctimas y la protesta de lo que quedaba de humanidad en el mundo. Y se ha convertido en una referencia fundamental en la afirmación de la dignidad humana y en las múltiples luchas por los derechos humanos en todo el mundo…

 

En su Carta Encíclica Paz en la Tierra, el Papa Juan XXIII habla de este documento como “un acto de la más alta relevancia”. “Marca un paso importante en el camino hacia la organización jurídico-política de la comunidad mundial […] reconoce la dignidad personal de todos los seres humanos; Se proclama el derecho fundamental de la persona a actuar libremente en la búsqueda de la verdad, en la realización del bien moral y de la justicia, se defiende el derecho a una vida digna, y se defienden otros derechos relacionados con estos”.

 

Esta Declaración jugó un papel fundamental en la construcción de un consenso básico sobre la dignidad humana y su implementación en la realización de los derechos. Desencadenó un proceso que ha sido enriquecido y ampliado por diferentes sectores y movimientos de la sociedad. La propia carta del Papa Juan XXIII amplía el horizonte de los Derechos Humanos, asociando derechos y deberes, destacando los derechos sociopolíticos, económicos y culturales e insistiendo en su fundamento natural y teológico. Y esto se ha visto amplificado aún más por las luchas y logros de los movimientos campesinos, indígenas, negros, feministas, LGBTQIA+, ecológicos, de ancianos, de personas con discapacidad, religiosos, etc.

 

En la afirmación o negación de los derechos humanos está en juego la dignidad fundamental del ser humano (su humanidad) y, en última instancia, la fuente misma de esta dignidad (su Creador). Como Creador de todas las cosas, Dios es fuente y fundamento permanente de nuestra dignidad y derechos. Atacar la creación es atacar al creador y su proyecto de vida plena para todos. Cuidar la creación significa honrar y servir al Creador y colaborar con el proyecto de fraternidad universal.

 

Ni por humanidad ni por fe religiosa podemos ser cómplices, por participación u omisión, de ningún tipo de violación de los derechos humanos. Cualquier ataque a los derechos de cualquier ser humano (por muy malo que sea...) es un ataque a toda la humanidad y a lo humano que hay en cada uno de nosotros. Y es, en definitiva, un ataque a Dios en su obra creativa. Nada, absolutamente nada, justifica la violación de los derechos humanos. Y cualquier discurso “religioso” que justifique la violación de los derechos humanos es una blasfemia contra Dios… 

 

La lucha, la consecución y la garantía de los derechos humanos es el desafío ético fundamental de todas las sociedades en todo momento. Y es la misión religiosa fundamental de todos los creyentes y comunidades religiosas que buscan vivir según la voluntad de Dios, que es fraternidad, justicia y paz.

 

¡¡¡Derechos humanos para todos los humanos!!!

martes, diciembre 26, 2023

FELIZ NAVIDAD

 


Si fuésemos caminando por las calles de nuestra ciudad y nos encontrásemos con un edificio en llamas, posiblemente, lo primero que haríamos sería llamar a los bomberos. Después, nos interesaríamos en saber si ha habido víctimas y si hay algo que pudiésemos hacer por ellas. Seguramente, nos pasaríamos varios días afectados al haber presenciado un suceso de tal magnitud.

Sin embargo, aún nos quedaríamos más consternados si viésemos cómo otro de los viandantes, al percatarse del fuego, corriese sin pensárselo hacia la construcción en llamas. Este ciudadano se introduciría en el fuego sin ningún tipo de protección. Se estaría exponiendo ante un peligro tan grande que todo nos haría suponer que de allí no saldría con vida. Seguramente, pensaríamos que habría perdido el sentido común.

A primera vista, lo sensato hubiese sido llamar a los profesionales para que pusiesen remedio a un riesgo de tal calibre. Pero si nos explicasen que entre las llamas se encontraban los hijos de esta persona, entonces ya lo comprenderíamos todo. Algo que aparentemente no tiene ninguna lógica comienza a tener sentido cuando entra en juego el amor.

Pues bien, en Navidad los cristianos celebramos que el Hijo de Dios ha visto nuestro mundo. Su mirada se ha conmovido al ver el sufrimiento de tantos hombres y mujeres y ha decidido hacerse uno de nosotros para sacarnos de las llamas. Ha venido sin ningún tipo de traje protector. Se ha hecho frágil, indefenso, niño. Si tiene que padecer por nuestra salvación, así lo hará. Pero no puede quedarse sin hacer nada mientras ve cómo sufre la humanidad.

Cada vez que adoramos al Niño, estamos reconociendo que Jesús ha querido entrar en nuestro mundo sin reservarse nada. Hacemos reverencia ante una imagen que nos habla de la lógica del amor. Un amor que no calcula los riesgos personales que se corren por hacerse vulnerable, sino que se hace niño para salvar a los que tanto quiere.

miércoles, diciembre 06, 2023

El Adviento en tiempos de crisis


 

Hemos iniciado un nuevo año litúrgico cuyo primer período es el tiempo de Adviento.

Recordemos que Adviento significa venida o llegada del Mesías esperado, la cual es vista en una triple dimensión: Jesús vino (nacido de María de Nazaret), está viniendo (en los signos de los tiempos) y vendrá (al final de la historia). La Iglesia primitiva usó la palabra adventus para indicar que Dios nos ha visitado en Cristo y se ha quedado a vivir entre nosotros, por lo que podemos encontrarlo en nuestra propia historia. Él es la presencia visible del Misterio invisible.

En Adviento, por tanto, se unen pasado, presente y futuro. Es un tiempo de alegría anticipatoria. Es también de preparación arrepentida para un futuro que está por venir. Desde luego, esta alegría anticipatoria y futura no es vaga y genérica, sino muy concreta. Los textos tomados del profeta Isaías para los domingos de Adviento hablan del anhelo de Israel y de la promesa, por parte de Dios, de una clase diferente de mundo.

Isaías 11, 1-10 expresa la esperanza de un rey ideal sobre el cual descansará el Espíritu del Señor. Con justicia juzgará a los pobres y decidirá con equidad en favor de los humildes. Su reinado significará el final de la violencia: el lobo vivirá con el cordero, el leopardo se tenderá con el cabrito, y nadie causará heridas ni destrucción. En el capítulo 2, versos del 1 al 5, se expresa la esperanza de un mundo en paz: las naciones de las espadas forjarán arados y de las lanzas, podaderas, y no se adiestrarán ya para la guerra. Y en el capítulo 61 se habla de uno a quien ha ungido el espíritu de Dios, su tarea es “dar la Buena Noticia a los pobres, curar los corazones desgarrados y anunciar la liberación a los cautivos”.

Los textos bíblicos hablan, sobre todo, de una esperanza contra toda esperanza. Isaías 35, 1-10, proclama que la cercanía de Dios traerá fraternidad, libertad e igualdad. Valores fundamentales en un mundo donde parece predominar el fratricidio, la opresión y la inequidad. La esperanza del Adviento, pues, se caracteriza por ser el tiempo del deseo, de los anhelos, del nuevo comienzo, de la soledad convertida en solidaridad, de las transformaciones radicales que posibilitan justicia social, económica y ecológica.

Ahora bien, situados en un mundo en crisis, dominado por la pandemia del Covid-19 que sigue causando cientos de miles de muertes y una vulnerabilidad permanente, ¿qué puede significar el Adviento entendido como un hacer memoria de la cercanía de Dios y su consecuente esperanza? Digamos, ante todo, que, para captar esa presencia esperanzadora es preciso “vivir despiertos”. Esta es la primera llamada que se hace en la liturgia de la palabra.

El teólogo José Antonio Pagola da unos significados sobre este modo de estar en la realidad que son a la vez personales y políticos, íntimos y públicos. “Vivir despierto”, afirma, significa no caer en el escepticismo y la indiferencia ante la marcha del mundo. No dejar que nuestro corazón se endurezca. No quedarnos solo en quejas, críticas y condenas. Significa vivir con pasión la pequeña aventura de cada día.

El Papa Francisco, hablando de la esperanza en medio del Covid-19 y de las sombras densas de la injusticia, el racismo, la depredación ambiental y el hambre, entre otras, ha dicho que esta pandemia “nos permitió rescatar y valorizar a tantos compañeros y compañeras de viaje que, en el miedo, reaccionaron donando la propia vida. Ellos son fuente de esperanza porque fueron testimonio de cercanía y ternura. Nos enseñaron a reconocer “cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes que, sin lugar a dudas, escribieron los acontecimientos decisivos de nuestra historia compartida: médicos, enfermeros y enfermeras, farmacéuticos, empleados de los supermercados, personal de limpieza, cuidadores, transportistas, hombres y mujeres que trabajan para proporcionar servicios esenciales y seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas… comprendieron que nadie se salva solo”.

Desde ese testimonio, el papa invita a caminar en la esperanza “enraizada en lo profundo del ser humano, independientemente de las circunstancias concretas y los condicionamientos históricos en que vive”. Esperanza entendida como “una sed, una aspiración, un anhelo de plenitud, de vida lograda, de un querer tocar lo grande, lo que llena el corazón y eleva el espíritu hacia cosas grandes, como la verdad, la bondad y la belleza, la justicia y el amor” […]. Esperanza que “sabe mirar más allá de la comodidad personal, de las pequeñas seguridades y compensaciones que estrechan el horizonte, para abrirse a grandes ideales que hacen la vida más bella y digna”.

El tiempo de Adviento, pues, está vinculado a la esperanza humana y cristiana. Por eso sus principales llamados son a vivir cada instante de forma consciente y salir del estado de amnesia, apatía e indolencia. Es el tiempo para despertar a la realidad. Estar presto para lo que todavía no es, pero que tiene no solo posibilidades, sino necesidad de realización: hablamos de libertad, igualdad y fraternidad. Hablamos de garantizar la vida digna y la justicia para las distintas modalidades de pobres que existen en el mundo de hoy.

Adviento, es tiempo para estar conscientemente en la realidad: la inmediata (el Covid-19) y las pandemias ocultas del hambre, la pobreza y las carencias de oportunidades. Es tiempo para pensar la refundación de nuestro mundo sobre bases de justicia y fraternidad. Es tiempo de la reacción compasiva, porque la esperanza es un estilo de vida, una manera de afrontar el futuro de forma activa y confiada, sin dejarse atrapar por el derrotismo. Así, se reaviva la esperanza.

 

Hemos iniciado un nuevo año litúrgico cuyo primer período es el tiempo de Adviento.

Recordemos que Adviento significa venida o llegada del Mesías esperado, la cual es vista en una triple dimensión: Jesús vino (nacido de María de Nazaret), está viniendo (en los signos de los tiempos) y vendrá (al final de la historia). La Iglesia primitiva usó la palabra adventus para indicar que Dios nos ha visitado en Cristo y se ha quedado a vivir entre nosotros, por lo que podemos encontrarlo en nuestra propia historia. Él es la presencia visible del Misterio invisible.

En Adviento, por tanto, se unen pasado, presente y futuro. Es un tiempo de alegría anticipatoria. Es también de preparación arrepentida para un futuro que está por venir. Desde luego, esta alegría anticipatoria y futura no es vaga y genérica, sino muy concreta. Los textos tomados del profeta Isaías para los domingos de Adviento hablan del anhelo de Israel y de la promesa, por parte de Dios, de una clase diferente de mundo.

Isaías 11, 1-10 expresa la esperanza de un rey ideal sobre el cual descansará el Espíritu del Señor. Con justicia juzgará a los pobres y decidirá con equidad en favor de los humildes. Su reinado significará el final de la violencia: el lobo vivirá con el cordero, el leopardo se tenderá con el cabrito, y nadie causará heridas ni destrucción. En el capítulo 2, versos del 1 al 5, se expresa la esperanza de un mundo en paz: las naciones de las espadas forjarán arados y de las lanzas, podaderas, y no se adiestrarán ya para la guerra. Y en el capítulo 61 se habla de uno a quien ha ungido el espíritu de Dios, su tarea es “dar la Buena Noticia a los pobres, curar los corazones desgarrados y anunciar la liberación a los cautivos”.

Los textos bíblicos hablan, sobre todo, de una esperanza contra toda esperanza. Isaías 35, 1-10, proclama que la cercanía de Dios traerá fraternidad, libertad e igualdad. Valores fundamentales en un mundo donde parece predominar el fratricidio, la opresión y la inequidad. La esperanza del Adviento, pues, se caracteriza por ser el tiempo del deseo, de los anhelos, del nuevo comienzo, de la soledad convertida en solidaridad, de las transformaciones radicales que posibilitan justicia social, económica y ecológica.

Ahora bien, situados en un mundo en crisis, dominado por la pandemia del Covid-19 que sigue causando cientos de miles de muertes y una vulnerabilidad permanente, ¿qué puede significar el Adviento entendido como un hacer memoria de la cercanía de Dios y su consecuente esperanza? Digamos, ante todo, que, para captar esa presencia esperanzadora es preciso “vivir despiertos”. Esta es la primera llamada que se hace en la liturgia de la palabra.

El teólogo José Antonio Pagola da unos significados sobre este modo de estar en la realidad que son a la vez personales y políticos, íntimos y públicos. “Vivir despierto”, afirma, significa no caer en el escepticismo y la indiferencia ante la marcha del mundo. No dejar que nuestro corazón se endurezca. No quedarnos solo en quejas, críticas y condenas. Significa vivir con pasión la pequeña aventura de cada día.

El Papa Francisco, hablando de la esperanza en medio del Covid-19 y de las sombras densas de la injusticia, el racismo, la depredación ambiental y el hambre, entre otras, ha dicho que esta pandemia “nos permitió rescatar y valorizar a tantos compañeros y compañeras de viaje que, en el miedo, reaccionaron donando la propia vida. Ellos son fuente de esperanza porque fueron testimonio de cercanía y ternura. Nos enseñaron a reconocer “cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes que, sin lugar a dudas, escribieron los acontecimientos decisivos de nuestra historia compartida: médicos, enfermeros y enfermeras, farmacéuticos, empleados de los supermercados, personal de limpieza, cuidadores, transportistas, hombres y mujeres que trabajan para proporcionar servicios esenciales y seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas… comprendieron que nadie se salva solo”.

Desde ese testimonio, el papa invita a caminar en la esperanza “enraizada en lo profundo del ser humano, independientemente de las circunstancias concretas y los condicionamientos históricos en que vive”. Esperanza entendida como “una sed, una aspiración, un anhelo de plenitud, de vida lograda, de un querer tocar lo grande, lo que llena el corazón y eleva el espíritu hacia cosas grandes, como la verdad, la bondad y la belleza, la justicia y el amor” […]. Esperanza que “sabe mirar más allá de la comodidad personal, de las pequeñas seguridades y compensaciones que estrechan el horizonte, para abrirse a grandes ideales que hacen la vida más bella y digna”.

El tiempo de Adviento, pues, está vinculado a la esperanza humana y cristiana. Por eso sus principales llamados son a vivir cada instante de forma consciente y salir del estado de amnesia, apatía e indolencia. Es el tiempo para despertar a la realidad. Estar presto para lo que todavía no es, pero que tiene no solo posibilidades, sino necesidad de realización: hablamos de libertad, igualdad y fraternidad. Hablamos de garantizar la vida digna y la justicia para las distintas modalidades de pobres que existen en el mundo de hoy.

Adviento, es tiempo para estar conscientemente en la realidad: la inmediata (el Covid-19) y las pandemias ocultas del hambre, la pobreza y las carencias de oportunidades. Es tiempo para pensar la refundación de nuestro mundo sobre bases de justicia y fraternidad. Es tiempo de la reacción compasiva, porque la esperanza es un estilo de vida, una manera de afrontar el futuro de forma activa y confiada, sin dejarse atrapar por el derrotismo. Así, se reaviva la esperanza.

 

Hemos iniciado un nuevo año litúrgico cuyo primer período es el tiempo de Adviento.

Recordemos que Adviento significa venida o llegada del Mesías esperado, la cual es vista en una triple dimensión: Jesús vino (nacido de María de Nazaret), está viniendo (en los signos de los tiempos) y vendrá (al final de la historia). La Iglesia primitiva usó la palabra adventus para indicar que Dios nos ha visitado en Cristo y se ha quedado a vivir entre nosotros, por lo que podemos encontrarlo en nuestra propia historia. Él es la presencia visible del Misterio invisible.

En Adviento, por tanto, se unen pasado, presente y futuro. Es un tiempo de alegría anticipatoria. Es también de preparación arrepentida para un futuro que está por venir. Desde luego, esta alegría anticipatoria y futura no es vaga y genérica, sino muy concreta. Los textos tomados del profeta Isaías para los domingos de Adviento hablan del anhelo de Israel y de la promesa, por parte de Dios, de una clase diferente de mundo.

Isaías 11, 1-10 expresa la esperanza de un rey ideal sobre el cual descansará el Espíritu del Señor. Con justicia juzgará a los pobres y decidirá con equidad en favor de los humildes. Su reinado significará el final de la violencia: el lobo vivirá con el cordero, el leopardo se tenderá con el cabrito, y nadie causará heridas ni destrucción. En el capítulo 2, versos del 1 al 5, se expresa la esperanza de un mundo en paz: las naciones de las espadas forjarán arados y de las lanzas, podaderas, y no se adiestrarán ya para la guerra. Y en el capítulo 61 se habla de uno a quien ha ungido el espíritu de Dios, su tarea es “dar la Buena Noticia a los pobres, curar los corazones desgarrados y anunciar la liberación a los cautivos”.

Los textos bíblicos hablan, sobre todo, de una esperanza contra toda esperanza. Isaías 35, 1-10, proclama que la cercanía de Dios traerá fraternidad, libertad e igualdad. Valores fundamentales en un mundo donde parece predominar el fratricidio, la opresión y la inequidad. La esperanza del Adviento, pues, se caracteriza por ser el tiempo del deseo, de los anhelos, del nuevo comienzo, de la soledad convertida en solidaridad, de las transformaciones radicales que posibilitan justicia social, económica y ecológica.

Ahora bien, situados en un mundo en crisis, dominado por la pandemia del Covid-19 que sigue causando cientos de miles de muertes y una vulnerabilidad permanente, ¿qué puede significar el Adviento entendido como un hacer memoria de la cercanía de Dios y su consecuente esperanza? Digamos, ante todo, que, para captar esa presencia esperanzadora es preciso “vivir despiertos”. Esta es la primera llamada que se hace en la liturgia de la palabra.

El teólogo José Antonio Pagola da unos significados sobre este modo de estar en la realidad que son a la vez personales y políticos, íntimos y públicos. “Vivir despierto”, afirma, significa no caer en el escepticismo y la indiferencia ante la marcha del mundo. No dejar que nuestro corazón se endurezca. No quedarnos solo en quejas, críticas y condenas. Significa vivir con pasión la pequeña aventura de cada día.

El Papa Francisco, hablando de la esperanza en medio del Covid-19 y de las sombras densas de la injusticia, el racismo, la depredación ambiental y el hambre, entre otras, ha dicho que esta pandemia “nos permitió rescatar y valorizar a tantos compañeros y compañeras de viaje que, en el miedo, reaccionaron donando la propia vida. Ellos son fuente de esperanza porque fueron testimonio de cercanía y ternura. Nos enseñaron a reconocer “cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes que, sin lugar a dudas, escribieron los acontecimientos decisivos de nuestra historia compartida: médicos, enfermeros y enfermeras, farmacéuticos, empleados de los supermercados, personal de limpieza, cuidadores, transportistas, hombres y mujeres que trabajan para proporcionar servicios esenciales y seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas… comprendieron que nadie se salva solo”.

Desde ese testimonio, el papa invita a caminar en la esperanza “enraizada en lo profundo del ser humano, independientemente de las circunstancias concretas y los condicionamientos históricos en que vive”. Esperanza entendida como “una sed, una aspiración, un anhelo de plenitud, de vida lograda, de un querer tocar lo grande, lo que llena el corazón y eleva el espíritu hacia cosas grandes, como la verdad, la bondad y la belleza, la justicia y el amor” […]. Esperanza que “sabe mirar más allá de la comodidad personal, de las pequeñas seguridades y compensaciones que estrechan el horizonte, para abrirse a grandes ideales que hacen la vida más bella y digna”.

El tiempo de Adviento, pues, está vinculado a la esperanza humana y cristiana. Por eso sus principales llamados son a vivir cada instante de forma consciente y salir del estado de amnesia, apatía e indolencia. Es el tiempo para despertar a la realidad. Estar presto para lo que todavía no es, pero que tiene no solo posibilidades, sino necesidad de realización: hablamos de libertad, igualdad y fraternidad. Hablamos de garantizar la vida digna y la justicia para las distintas modalidades de pobres que existen en el mundo de hoy.

Adviento, es tiempo para estar conscientemente en la realidad: la inmediata (el Covid-19) y las pandemias ocultas del hambre, la pobreza y las carencias de oportunidades. Es tiempo para pensar la refundación de nuestro mundo sobre bases de justicia y fraternidad. Es tiempo de la reacción compasiva, porque la esperanza es un estilo de vida, una manera de afrontar el futuro de forma activa y confiada, sin dejarse atrapar por el derrotismo. Así, se reaviva la esperanza.

jueves, noviembre 30, 2023

Dos semillas

 

Dos semillas estaban juntas en el suelo primaveral y fértil.

La primera semilla dijo:

“—¡Yo quiero crecer! Quiero hundir mis raíces en la profundidad del suelo que me sostiene y hacer que mis brotes empujen y rompan la capa de tierra que me cubre… Quiero desplegar mis tiernos brotes como estandartes que anuncien la llegada de la primavera… ¡Quiero sentir el calor del sol sobre mi rostro y la bendición del rocío de la mañana sobre mis pétalos!”

Y así creció.

La segunda semilla dijo:

“—Tengo miedo. Si envío mis raíces a que se hundan en el suelo, no sé con qué puedo tropezar en la oscuridad. Si me abro paso a través del duro suelo puedo dañar mis delicados brotes… Si dejo que mis capullos se abran, quizá un caracol intente comérselos… Si abriera mis flores, tal vez algún chiquillo me arrancará del suelo. No, es mucho mejor esperar hasta un momento seguro.”

Y así esperó.

Una gallina que, a comienzos de la primavera, escarbaba el suelo en busca de comida encontró la semilla que esperaba y sin pérdida de tiempo se la comió.

Si pones escusas, miedos, inseguridades, sospechas... no vas a crecer

Dos Semillas De Cáñamo Aislados En Un Fondo Blanco Fotos, retratos,  imágenes y fotografía de archivo libres de derecho. Image 53449573