NUESTRAS PARROQUIAS

Queremos ser Parroquias sinodales, Comunidades generadoras de vida, solidarias con la causa de los pobres, en ella fuimos engendrados por el Bautismo, y ella acompaña a sus hijos desde que nacen hasta que mueren. Escuela en la que nos formamos y maduramos unos con otros en la fe por la evangelización y la formación, como tarea permanente de conversión personal y comunitaria, entendida como un proceso dinámico que nunca acaba, como experiencia profunda de Dios e interiorización de la vida de Cristo (Gál 2,20; Filp 1,21). Debe ser un lugar de encuentro y vínculo de comunión, casa abierta a todos, hogar de los pobres, plataforma misionera, donde aprendemos y vivimos en libertad, fermento de nueva humanidad. Atenta a los signos de los tiempos y a las necesidades de nuestra gente


Bizitza sortzen duen Parrokia baten bila gabiltza, bertan Bataioaren bidez sortu ginen, eta gure seme-alabei jaiotzetik hil arte laguntzen diena. Katekesi eta ebanjelizazioaren fedean hezten eta heltzen garen ikastetxea da, bihurtze pertsonal eta komunitarioko etengabeko zeregin bezala, inoiz bukatzen ez den prozesu dinamiko bat bezala ulertua, Jainkoaren esperientzia sakona eta Kristoren bizitzaren barnerapen bezala (Gal 2,20; Filp 1,21). Topagune eta elkarte-lotura izan behar du, denontzat irekitako etxea, behartuen etxebizitza, plataforma misiolaria, aske ikasi eta bizitu dezakegunak, gizarte berri baten hartzigarria.


martes, noviembre 03, 2026

ESTO NO ME PERTENECE

 


Me encanta esta frase. Es de una amiga mía muy querida, que me conoce muy bien y me da los mejores consejos. Cuando me ve muy agobiado por un asunto por el que ella piensa que no debo preocuparme porque no está en mi mano, me dice: « esto no te pertenece».

A pesar de que esta frase a mí me produce mucho alivio, creo que estamos abusando de ella demasiado. Estamos rodeados de personas que se escaquean, que no quieren asumir responsabilidades y se ponen de perfil ante las situaciones que precisan de solución, creyendo que eso “no les pertenece”.

No me estoy refiriendo solamente a asuntos políticos. También en nuestra cotidianeidad (nuestros trabajos, nuestra casa, nuestra familia, nuestros amigos…¡hasta una reunión de iglesia!) vemos auténticos “partidos de voleibol”: tú me pasas la pelota a mí, yo se la paso al otro, el otro a la otra…y así vamos prolongando un juego cuyo resultado no nos importa, porque lo único que importa es que “a mí no me busquen para pedirme responsabilidades”.

Nos falta valentía. O ganas de comprometernos. O determinación. Y sobra inseguridad (no sé cómo hacerlo o qué decir), miedo (no vaya a ser que me complique la vida), pasotismo (esto no va conmigo), remolonería (mañana, si eso, me pongo) o descaro, que hay quien le echa mucha caradura a la vida. Falta gente que se ponga de frente y se haga cargo, aun sabiendo que lo que toca es luchar una batalla y pringarse hasta las cejas.

Es cierto que hay situaciones cuya solución no está en nuestras manos; que las luchamos pero que llega un punto en que ves que ya no depende de ti, «no te pertenece», como diría mi amiga. Pero, al menos, hemos llegado a ese punto de tomar conciencia del asunto y discernir ante la dificultad.

En estos momentos en que escribo estas palabras recuerdo el consejo de Jesús a sus discípulos: «Y cualquiera que no os reciba ni oiga vuestras palabras, al salir de esa casa o de esa ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies». Es su manera de decir «eso ya no os pertenece». Pero, claro, antes hay que entrar en la casa o en la ciudad, patearla, sacudir las conciencias y los corazones. Porque si no se entra, difícilmente habrá polvo que sacudir de los pies, y los pies hay que tenerlos muy bien plantados en la tierra.

miércoles, septiembre 30, 2026

Levántate y deja las excusas

 


El sacramento de la reconciliación no siempre es fácil. Muchos son los que no lo practican, dejando su alma en el umbral de la libertad; pero Dios está esperándonos como el padre de la parábola del hijo pródigo, o puede que necesites que otros te animen y lleven a Jesús como al paralítico que lo introdujeron por el techo.

El pecado nos hace alejarnos de Dios y cerrarnos a su amor. Por mucho que miremos para otro lado, la culpa nos sigue acompañando. Nuestra miseria solo sana con la misericordia de Dios. El camino hasta el confesionario está lleno de trampas y obstáculos, incluso en nosotros mismos con frases del tipo:

“No tengo nada por lo que confesarme”. “La confesión es humillante y alienante”. “No siento deseos de confesarme, no me dice nada. “Yo me confieso directamente con Dios”. “Siempre caigo en las mismas faltas”. “Total, por esto no voy a confesarme”.

Si te reconoces en alguna de estas frases, te repito lo que dijo San Pablo: “En nombre de Cristo os suplicamos, que os dejéis reconciliar con Dios” (2Co 5, 20). El mismo Cristo instituyó el sacramento para darnos la libertad frente a las ataduras del pecado (Jn 20, 30), además de ser un ejercicio que la psicología reconoce como sanador al tener signos visibles de lo invisible. Nos hace maduros en la fe al enfrentarnos a nuestro pecado (1 Jn 1, 8-9). Comprobarás que el sacerdote está ahí para levantar al pecador y no abrumarlo, transformando el remordimiento en alegría y acción de gracias profundas, más allá de sentimientos pasajeros de cuando te apetece o no. Por ello, ¡levántate! coge tus excusas y echa a andar hacia el sacramento, fíate de Dios. Si quieres servir, tienes que hacerlo libre de ataduras, cargas y frases engañosas, porque el total es lo que importa. Así serás libre para servir, disponible para ser santo.

lunes, agosto 31, 2026

LA CRUZ ES OTRA COSA

 


LA CRUZ ES OTRA COSA

Es difícil no sentir desconcierto y malestar al escuchar una vez más las palabras de Jesús: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga». Entendemos muy bien la reacción de Pedro, que, al oír a Jesús hablar de rechazo y sufrimiento, «se lo lleva aparte y se pone a increparlo». 

Este escándalo puede hacerse hoy insoportable para los que vivimos en lo que Leszek Kolakowsky llama «la cultura de analgésicos», esa sociedad obsesionada por eliminar el sufrimiento y malestar por medio de toda clase de drogas, narcóticos y evasiones.

Si queremos clarificar cuál ha de ser la actitud cristiana, hemos de comprender bien en qué consiste la cruz para el cristiano, pues puede suceder que nosotros la pongamos donde Jesús nunca la puso.

Nosotros llamamos fácilmente «cruz» a todo aquello que nos hace sufrir, incluso a ese sufrimiento que aparece en nuestra vida generado por nuestro propio pecado o nuestra manera equivocada de vivir. Pero no hemos de confundir la cruz con cualquier desgracia, contrariedad o malestar que se produce en la vida.

La cruz es otra cosa. Jesús llama a sus discípulos a que le sigan fielmente y se pongan al servicio de un mundo más humano: el reino de Dios. Esto es lo primero. La cruz no es sino el sufrimiento que nos llegará como consecuencia de ese seguimiento; el destino doloroso que habremos de compartir con Cristo si seguimos realmente sus pasos. Por eso no hemos de confundir el «llevar la cruz» con posturas masoquistas, una falsa mortificación o lo que P. Evdokimov llama «ascetismo barato» e individualista.

Por otra parte, hemos de entender correctamente el «negarse a sí mismo» que pide Jesús para cargar con la cruz y seguirle. «Negarse a sí mismo» no significa mortificarse de cualquier manera, castigarse a sí mismo y, menos aún, anularse o autodestruirse. «Negarse a sí mismo» es no vivir pendiente de uno mismo, olvidarse del propio «ego», para construir la existencia sobre Jesucristo. Liberarnos de nosotros mismos para adherirnos radicalmente a él. Dicho de otra manera, «llevar la cruz» significa seguir a Jesús dispuestos a asumir la inseguridad, la conflictividad, el rechazo o la persecución que hubo de padecer el mismo Crucificado.

Pero los creyentes no vivimos la cruz como derrotados, sino como portadores de una esperanza final. Todo el que pierda su vida por Jesucristo la encontrará. El Dios que resucitó a Jesús nos resucitará también a nosotros a una vida plena.

miércoles, agosto 26, 2026

Cuando el ruido es interior

 



Todos nos hemos despertado alguna vez un fin de semana con un ruido espantoso porque hay obras en la calle. Nada más despertar, el mal humor está ahí, pero no queda otra que aceptar el ruido e iniciar el día. Después, durante el día, algo no va bien. Sientes que el ruido de las obras se ha quedado incrustado en mi cabeza. Te consume por dentro. Poco a poco, creando un nudo en mi estómago.

 Pero a veces el ruido no viene de fuera, sino de dentro. No hay obras, el problema está en la mente. Es el cúmulo de preocupaciones y responsabilidades que vamos acumulando a lo largo de la semana y que, justo cuando tenemos tiempo para descansar, aparecen. Nos impiden relajarnos y disfrutar el momento. De nuevo, estoy con la mente más pendiente del futuro que del presente.

 Lo más doloroso de todo esto es que es algo común y nos pasa a muchas personas. Es una sensación muy poco agradable, que, a la larga, nos va deteriorando en todos los aspectos de la vida: físico, mental, social. Pero hay algo que puede servir como remedio a corto, medio y largo plazo.

 Este remedio es un tren, un tren que inicia su trayecto justo al lado de las obras y viaja hasta nuestro corazón. Un viaje en el que tenemos la oportunidad de vaciarnos, de quitarnos todas las preocupaciones de encima durante un rato para centrarnos, calmarnos y soltar. Poco a poco, se va deshaciendo ese nudo que sentía en el estómago. Poco a poco, el ruido de las obras es cada vez menor. Y, una vez finaliza el viaje y el tren vuelve a la estación de la realidad, me encuentro en una sensación de paz que no sentía hacía tiempo. Dios está en mí.

 El tren no tiene horario ni forma. Una manera de detenernos y subirnos a él es mediante el Examen Ignaciano. Con él, San Ignacio nos invita a examinar nuestro día, a reconocer esos “ruidos internos” y a entregarlos a Dios. Porque cuando soltamos y nos vaciamos en su presencia, Él llena nuestro corazón de paz.

 Una vez subidos al tren, simplemente debemos dejarnos llevar, porque es Dios quien estará siempre al mando

sábado, agosto 15, 2026

La Asunción de María

 La solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María fue fijada en el 15 de agosto ya en el siglo V, con el sentido de "Nacimiento al Cielo" o, en la tradición bizantina, "Dormición" de Nuestra Señora. En Roma, la fiesta se celebra desde mediados del siglo VII, pero hubo que esperar hasta el 1 de noviembre de 1950, con Pío XII, para que se proclamara el dogma dedicado a María asunta al cielo en cuerpo y alma. 

En el Credo Apostólico profesamos nuestra fe en la "Resurrección de la carne" y en la "vida eterna", fin y sentido último del camino de la vida. Esta promesa de fe se cumple ya en María, como "signo de consuelo y esperanza segura" (Prefacio). Este privilegio de María está estrechamente ligado al hecho de ser la Madre de Jesús: dado que la muerte y la corrupción del cuerpo humano son una consecuencia del pecado, no era conveniente que la Virgen María -libre de pecado- se viera afectada por ellos. De ahí el misterio de la "Dormición" o "Asunción al Cielo". 


El hecho de que María esté ya en el cielo en cuerpo y alma es para nosotros un motivo de alegría, de felicidad, de esperanza. Una criatura de Dios -María- ya está en el cielo: con ella y como ella estaremos también nosotros, criaturas de Dios, un día.

 El destino de María, unida al cuerpo transfigurado y glorioso de Jesús, será el destino de todos los que están unidos al Señor Jesús en la fe y en el amor. Es interesante constatar que la liturgia -a través de los textos bíblicos tomados del libro del Apocalipsis y de Lucas, con el canto del Magnificat- nos lleva a orar más que a reflexionar. 

El Evangelio, en efecto, nos sugiere que leamos el misterio de María a la luz del Magnificat: el amor gratuito que se extiende de generación en generación y la predilección por los últimos y los pobres encuentran en María su mejor fruto, su obra maestra, un espejo en el que todo el pueblo de Dios puede mirar sus propios rasgos. 

La solemnidad de la Asunción al Cielo de la Santísima Virgen María en cuerpo y alma es el signo elocuente de que no sólo el alma sino también el cuerpo son "cosa muy hermosa" (Gn 1,31), hasta el punto de que, como en la Virgen María, nuestra carne será asumida en el cielo. 

Esto no nos exime de comprometernos con la historia; al contrario, es precisamente la mirada hacia la meta, hacia el cielo, nuestra patria, la que nos impulsa a comprometernos en nuestra vida presente siguiendo la línea del Magnificat: alegres por la misericordia de Dios y atentos a todos los hermanos que encontramos en el camino, empezando por los más débiles y frágiles.