Somos Comunidades Cristianas que intentamos con nuestras vidas construir un mundo mejor basados en los valores del Evangelio de Jesús: Izalzu Ochagavía Ezcároz Jaurrieta Oronz Esparza de Salazar Ibilcieta Sarriés Igal Güesa Izal Gallués Iciz Uscarrés Ustés Navascués Aspurz Zaraitzu Almiradioetako Elizak Gure bizitzarekin, eta Jesusen Ebanjelioaren balioetan oinarrituz, mundu hobe bat eraikitzen gabiltzan hainbat Kristau Komunitate gara. Gauzak ondo egiteko asmoarekin elkartutako parrokiak.
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NUESTRAS PARROQUIAS
Bizitza sortzen duen Parrokia baten bila gabiltza, bertan Bataioaren bidez sortu ginen, eta gure seme-alabei jaiotzetik hil arte laguntzen diena. Katekesi eta ebanjelizazioaren fedean hezten eta heltzen garen ikastetxea da, bihurtze pertsonal eta komunitarioko etengabeko zeregin bezala, inoiz bukatzen ez den prozesu dinamiko bat bezala ulertua, Jainkoaren esperientzia sakona eta Kristoren bizitzaren barnerapen bezala (Gal 2,20; Filp 1,21). Topagune eta elkarte-lotura izan behar du, denontzat irekitako etxea, behartuen etxebizitza, plataforma misiolaria, aske ikasi eta bizitu dezakegunak, gizarte berri baten hartzigarria.
sábado, septiembre 12, 2026
lunes, agosto 31, 2026
LA CRUZ ES OTRA COSA
LA CRUZ ES OTRA COSA
Es difícil no sentir desconcierto y malestar al escuchar una vez más las palabras de Jesús: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga». Entendemos muy bien la reacción de Pedro, que, al oír a Jesús hablar de rechazo y sufrimiento, «se lo lleva aparte y se pone a increparlo».
Este escándalo puede hacerse hoy insoportable para los que vivimos en lo que Leszek Kolakowsky llama «la cultura de analgésicos», esa sociedad obsesionada por eliminar el sufrimiento y malestar por medio de toda clase de drogas, narcóticos y evasiones.
Si queremos clarificar cuál ha de ser la actitud cristiana, hemos de comprender bien en qué consiste la cruz para el cristiano, pues puede suceder que nosotros la pongamos donde Jesús nunca la puso.
Nosotros llamamos fácilmente «cruz» a todo aquello que nos hace sufrir, incluso a ese sufrimiento que aparece en nuestra vida generado por nuestro propio pecado o nuestra manera equivocada de vivir. Pero no hemos de confundir la cruz con cualquier desgracia, contrariedad o malestar que se produce en la vida.
La cruz es otra cosa. Jesús llama a sus discípulos a que le sigan fielmente y se pongan al servicio de un mundo más humano: el reino de Dios. Esto es lo primero. La cruz no es sino el sufrimiento que nos llegará como consecuencia de ese seguimiento; el destino doloroso que habremos de compartir con Cristo si seguimos realmente sus pasos. Por eso no hemos de confundir el «llevar la cruz» con posturas masoquistas, una falsa mortificación o lo que P. Evdokimov llama «ascetismo barato» e individualista.
Por otra parte, hemos de entender correctamente el «negarse a sí mismo» que pide Jesús para cargar con la cruz y seguirle. «Negarse a sí mismo» no significa mortificarse de cualquier manera, castigarse a sí mismo y, menos aún, anularse o autodestruirse. «Negarse a sí mismo» es no vivir pendiente de uno mismo, olvidarse del propio «ego», para construir la existencia sobre Jesucristo. Liberarnos de nosotros mismos para adherirnos radicalmente a él. Dicho de otra manera, «llevar la cruz» significa seguir a Jesús dispuestos a asumir la inseguridad, la conflictividad, el rechazo o la persecución que hubo de padecer el mismo Crucificado.
Pero los creyentes no vivimos la cruz como derrotados, sino como portadores de una esperanza final. Todo el que pierda su vida por Jesucristo la encontrará. El Dios que resucitó a Jesús nos resucitará también a nosotros a una vida plena.
miércoles, agosto 26, 2026
Cuando el ruido es interior
Todos nos hemos despertado alguna vez un fin de semana con un ruido espantoso porque hay obras en la calle. Nada más despertar, el mal humor está ahí, pero no queda otra que aceptar el ruido e iniciar el día. Después, durante el día, algo no va bien. Sientes que el ruido de las obras se ha quedado incrustado en mi cabeza. Te consume por dentro. Poco a poco, creando un nudo en mi estómago.
sábado, agosto 15, 2026
La Asunción de María
La solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María fue fijada en el 15 de agosto ya en el siglo V, con el sentido de "Nacimiento al Cielo" o, en la tradición bizantina, "Dormición" de Nuestra Señora. En Roma, la fiesta se celebra desde mediados del siglo VII, pero hubo que esperar hasta el 1 de noviembre de 1950, con Pío XII, para que se proclamara el dogma dedicado a María asunta al cielo en cuerpo y alma.
En el Credo Apostólico profesamos nuestra fe en la "Resurrección de la carne" y en la "vida eterna", fin y sentido último del camino de la vida. Esta promesa de fe se cumple ya en María, como "signo de consuelo y esperanza segura" (Prefacio). Este privilegio de María está estrechamente ligado al hecho de ser la Madre de Jesús: dado que la muerte y la corrupción del cuerpo humano son una consecuencia del pecado, no era conveniente que la Virgen María -libre de pecado- se viera afectada por ellos. De ahí el misterio de la "Dormición" o "Asunción al Cielo".
El hecho de que María esté ya en el cielo en cuerpo y alma es para nosotros un motivo de alegría, de felicidad, de esperanza. Una criatura de Dios -María- ya está en el cielo: con ella y como ella estaremos también nosotros, criaturas de Dios, un día.
El destino de María, unida al cuerpo transfigurado y glorioso de Jesús, será el destino de todos los que están unidos al Señor Jesús en la fe y en el amor. Es interesante constatar que la liturgia -a través de los textos bíblicos tomados del libro del Apocalipsis y de Lucas, con el canto del Magnificat- nos lleva a orar más que a reflexionar.
El Evangelio, en efecto, nos sugiere que leamos el misterio de María a la luz del Magnificat: el amor gratuito que se extiende de generación en generación y la predilección por los últimos y los pobres encuentran en María su mejor fruto, su obra maestra, un espejo en el que todo el pueblo de Dios puede mirar sus propios rasgos.
La solemnidad de la Asunción al Cielo de la Santísima Virgen María en cuerpo y alma es el signo elocuente de que no sólo el alma sino también el cuerpo son "cosa muy hermosa" (Gn 1,31), hasta el punto de que, como en la Virgen María, nuestra carne será asumida en el cielo.
Esto no nos exime de comprometernos con la historia; al contrario, es precisamente la mirada hacia la meta, hacia el cielo, nuestra patria, la que nos impulsa a comprometernos en nuestra vida presente siguiendo la línea del Magnificat: alegres por la misericordia de Dios y atentos a todos los hermanos que encontramos en el camino, empezando por los más débiles y frágiles.
domingo, agosto 09, 2026
La paz de las vacaciones
A medida que pasan los años, y uno ya va cumpliendo, me reafirmo en la idea que la verdadera riqueza de la vida se encuentra en las cosas sencillas: una sonrisa compartida, el silencio que permite escuchar la propia interioridad, el murmullo del agua, la suave brisa entre los árboles, un cielo infinito, o el canto de los pájaros al atardecer. Son momentos que nos conectan con la belleza de la creación y nos recuerdan que la vida es, en esencia, un regalo.
Sin embargo, esta experiencia de armonía contrasta con las imágenes que cada día llegan a nuestros hogares: guerras, violencia, injusticias, personas desplazadas, niños que sufren y comunidades enteras marcadas por el dolor. Ante esta realidad surge una pregunta inevitable: si el mundo es tan hermoso, ¿por qué el ser humano causa tanto sufrimiento a sus semejantes?
Quizá la paz definitiva en el mundo parezca una meta lejana. Pero cada vez que elegimos el amor frente al odio, el diálogo frente al enfrentamiento y la esperanza frente al desaliento, estamos sembrando el Reino de Dios entre nosotros. Y toda semilla de paz, por pequeña que sea, tiene la fuerza de transformar el mundo……
El verano, sereno y luminoso, nos invita a detenernos y a
disfrutar con los demás de las pequeñas cosas que hacen grande y hermoso este
mundo. Aquí y en cualquier lugar de la tierra, hombres y mujeres contemplan el
mismo cielo, las mismas estrellas, bajo una misma noche de verano. Tal vez, en
ese silencio compartido, Dios nos recuerde que hemos sido creados para la
fraternidad y no para la discordia; para cuidar la vida y no para destruirla. Y
que la paz, como las estrellas, sigue brillando sobre nosotros, esperando ser
descubierta, compartida y acogida en cada corazón.
por José Luis Prado
lunes, agosto 03, 2026
Lefebvre y roma: Un conflicto que revela los límites de un modelo de iglesia
Hay conflictos que, por mucho que se presenten como debates doctrinales, en realidad hablan sobre el modelo de Iglesia que subyace a ellos. El prolongado enfrentamiento entre el Vaticano y el movimiento lefebvriano es uno de esos casos.
Desde hace más de medio siglo, la discusión gira en torno a la autoridad, la tradición, la liturgia, el Concilio Vaticano II o la obediencia. Sin embargo, una lectura desde una eclesiología evangélica, de comunión, participativa y desclericalizada permite descubrir que el verdadero problema no es únicamente qué doctrina se defiende, sino quién posee el poder para definirla y cómo se estructura la comunidad eclesial.
Paradójicamente, el conflicto entre Roma y los seguidores de Marcel Lefebvre no cuestiona realmente el clericalismo; enfrenta dos maneras distintas de comprender y ejercer la autoridad eclesial. No son posiciones equivalentes. La propuesta del Vaticano, especialmente desde el Concilio Vaticano II, incorpora una renovación eclesiológica de enorme alcance. Pero el conflicto sigue desarrollándose, en buena medida, dentro de un marco donde el protagonismo efectivo continúa concentrado en las élites clericales.
La reciente decisión de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X de proceder a una nueva ordenación episcopal sin mandato pontificio ha vuelto a situar el conflicto en primer plano. Después de décadas de contactos intermitentes con la Santa Sede y de algunos gestos de acercamiento, la Fraternidad ha optado nuevamente por garantizar su propia sucesión episcopal al margen de la autorización de Roma.
Desde la perspectiva vaticana, el problema es evidente: en la eclesiología católica, la comunión con el Obispo de Roma se expresa también en que ningún obispo puede ser consagrado legítimamente sin mandato pontificio. La ordenación de un obispo sin esa autorización supone una ruptura grave de la disciplina eclesial y cuestiona la unidad visible de la Iglesia.
Para la Fraternidad, en cambio, la situación de “estado de necesidad” que, según ellos, vive la Iglesia justificaría actuar sin ese consentimiento para preservar la tradición litúrgica y doctrinal que consideran amenazada.
Ahora bien, ambas posiciones no poseen el mismo grado de consistencia eclesiológica. La postura de la Santa Sede se apoya en un principio constitutivo de la tradición católica: la comunión episcopal articulada en torno al ministerio del Obispo de Roma. La decisión lefebvriana, por el contrario, introduce una excepción cuya legitimidad decide el propio grupo que la aplica. Paradójicamente, para defender la autoridad de la tradición termina atribuyéndose una autoridad superior a la de la propia Iglesia que afirma querer preservar



