NUESTRAS PARROQUIAS

Buscamos unas Parroquias que sean Comunidades generadoras de vida, en ella fuimos engendrados por el Bautismo, y ella acompaña a sus hijos desde que nacen hasta que mueren. Escuela en la que nos formamos y maduramos unos con otros en la fe por la evangelización y la formación, como tarea permanente de conversión personal y comunitaria, entendida como un proceso dinámico que nunca acaba, como experiencia profunda de Dios e interiorización de la vida de Cristo (Gál 2,20; Filp 1,21). Debe ser un lugar de encuentro y vínculo de comunión, casa abierta a todos, hogar de los pobres, plataforma misionera, donde aprendemos y vivimos en libertad, fermento de nueva humanidad. Atenta a los signos de los tiempos y a las necesidades de nuestra gente


Bizitza sortzen duen Parrokia baten bila gabiltza, bertan Bataioaren bidez sortu ginen, eta gure seme-alabei jaiotzetik hil arte laguntzen diena. Katekesi eta ebanjelizazioaren fedean hezten eta heltzen garen ikastetxea da, bihurtze pertsonal eta komunitarioko etengabeko zeregin bezala, inoiz bukatzen ez den prozesu dinamiko bat bezala ulertua, Jainkoaren esperientzia sakona eta Kristoren bizitzaren barnerapen bezala (Gal 2,20; Filp 1,21). Topagune eta elkarte-lotura izan behar du, denontzat irekitako etxea, behartuen etxebizitza, plataforma misiolaria, aske ikasi eta bizitu dezakegunak, gizarte berri baten hartzigarria.


lunes, agosto 03, 2026

Lefebvre y roma: Un conflicto que revela los límites de un modelo de iglesia




Hay conflictos que, por mucho que se presenten como debates doctrinales, en realidad hablan sobre el modelo de Iglesia que subyace a ellos. El prolongado enfrentamiento entre el Vaticano y el movimiento lefebvriano es uno de esos casos.

Desde hace más de medio siglo, la discusión gira en torno a la autoridad, la tradición, la liturgia, el Concilio Vaticano II o la obediencia. Sin embargo, una lectura desde una eclesiología evangélica, de comunión, participativa y desclericalizada permite descubrir que el verdadero problema no es únicamente qué doctrina se defiende, sino quién posee el poder para definirla y cómo se estructura la comunidad eclesial.

Paradójicamente, el conflicto entre Roma y los seguidores de Marcel Lefebvre no cuestiona realmente el clericalismo; enfrenta dos maneras distintas de comprender y ejercer la autoridad eclesial. No son posiciones equivalentes. La propuesta del Vaticano, especialmente desde el Concilio Vaticano II, incorpora una renovación eclesiológica de enorme alcance. Pero el conflicto sigue desarrollándose, en buena medida, dentro de un marco donde el protagonismo efectivo continúa concentrado en las élites clericales.

La reciente decisión de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X de proceder a una nueva ordenación episcopal sin mandato pontificio ha vuelto a situar el conflicto en primer plano. Después de décadas de contactos intermitentes con la Santa Sede y de algunos gestos de acercamiento, la Fraternidad ha optado nuevamente por garantizar su propia sucesión episcopal al margen de la autorización de Roma.

Desde la perspectiva vaticana, el problema es evidente: en la eclesiología católica, la comunión con el Obispo de Roma se expresa también en que ningún obispo puede ser consagrado legítimamente sin mandato pontificio. La ordenación de un obispo sin esa autorización supone una ruptura grave de la disciplina eclesial y cuestiona la unidad visible de la Iglesia.

Para la Fraternidad, en cambio, la situación de “estado de necesidad” que, según ellos, vive la Iglesia justificaría actuar sin ese consentimiento para preservar la tradición litúrgica y doctrinal que consideran amenazada.

Ahora bien, ambas posiciones no poseen el mismo grado de consistencia eclesiológica. La postura de la Santa Sede se apoya en un principio constitutivo de la tradición católica: la comunión episcopal articulada en torno al ministerio del Obispo de Roma. La decisión lefebvriana, por el contrario, introduce una excepción cuya legitimidad decide el propio grupo que la aplica. Paradójicamente, para defender la autoridad de la tradición termina atribuyéndose una autoridad superior a la de la propia Iglesia que afirma querer preservar

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