El sacramento de la reconciliación no siempre es fácil. Muchos son los que no lo practican, dejando su alma en el umbral de la libertad; pero Dios está esperándonos como el padre de la parábola del hijo pródigo, o puede que necesites que otros te animen y lleven a Jesús como al paralítico que lo introdujeron por el techo.
El pecado nos hace alejarnos de Dios y cerrarnos a su amor. Por mucho que miremos para otro lado, la culpa nos sigue acompañando. Nuestra miseria solo sana con la misericordia de Dios. El camino hasta el confesionario está lleno de trampas y obstáculos, incluso en nosotros mismos con frases del tipo:
“No tengo nada por lo que confesarme”. “La confesión es humillante y alienante”. “No siento deseos de confesarme, no me dice nada. “Yo me confieso directamente con Dios”. “Siempre caigo en las mismas faltas”. “Total, por esto no voy a confesarme”.
Si te reconoces en alguna de estas frases, te repito lo que
dijo San Pablo: “En nombre de Cristo os suplicamos, que os dejéis reconciliar
con Dios” (2Co 5, 20). El mismo Cristo instituyó el sacramento para darnos la
libertad frente a las ataduras del pecado (Jn 20, 30), además de ser un
ejercicio que la psicología reconoce como sanador al tener signos visibles de
lo invisible. Nos hace maduros en la fe al enfrentarnos a nuestro pecado (1 Jn
1, 8-9). Comprobarás que el sacerdote está ahí para levantar al pecador y no
abrumarlo, transformando el remordimiento en alegría y acción de gracias
profundas, más allá de sentimientos pasajeros de cuando te apetece o no. Por
ello, ¡levántate! coge tus excusas y echa a andar hacia el sacramento, fíate de
Dios. Si quieres servir, tienes que hacerlo libre de ataduras, cargas y frases
engañosas, porque el total es lo que importa. Así serás libre para servir,
disponible para ser santo.

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