FE
La fe es una relación de un individuo, con toda su
complejidad, con la transcendencia que, por definición, es Misterio.
Cuando nos proponemos evangelizar o realizar alguna
actividad pastoral, nos surge la duda de cómo hacer posible el milagro de la
fe. No está en nuestras manos, pero tampoco podemos permanecer inactivos. Es un
don, pero hay que aprender a acogerlo.
Trabajar la dimensión emocional puede ser un atajo. Creemos
al haber sentido algo, como los discípulos de Emaús cuyo corazón ardía mientras
Jesús les explicaba las Escrituras (Lc 24, 32). Sin embargo, la fe no es el
fervor experimentado. Este es solo una consecuencia.
A veces se habla del creer sin sentir para sortear el
peligro del sentir sin creer. Esto es, centrarnos en la experiencia subjetiva,
en la volatibilidad de los sentimientos, y no en el encuentro con la persona de
Jesús. Sería fiarse de la propia afectividad y no confiar en Aquel que ha
venido a visitarnos.
En tiempos de banalidad es fácil sucumbir frente a la
tentación de lo emocional, de lo estridente, de lo espectacular. Entonces, la
brisa suave (1Re 19, 12) nos puede pasar desapercibida y no prestamos la
atención debida a nuestro convecino de Nazaret (Mc 6, 1-6).
Ahora bien, tampoco podemos caer en el extremo opuesto y
renunciar a nuestras emociones pensando que así estamos más avanzados
espiritualmente. En ocasiones, la práctica rutinaria de la vida religiosa acaba
derivando en una moral estoica. Para esquivar el espejismo del sentimentalismo,
podemos caer en la trampa de una sobriedad engañosa que, carente de entusiasmo
y bajo la fachada de madurez, disimula el hecho de haber renunciado “al primer
amor” (Ap 2, 4).
La fe comporta amar a Dios con todo el corazón, con toda el
alma, con toda la mente y con todo el ser (Mc 12, 30). Ningún aspecto de
nuestra identidad puede quedar al margen de la experiencia de la fe.