NUESTRAS PARROQUIAS

Buscamos unas Parroquias que sean Comunidades generadoras de vida, en ella fuimos engendrados por el Bautismo, y ella acompaña a sus hijos desde que nacen hasta que mueren. Escuela en la que nos formamos y maduramos unos con otros en la fe por la evangelización y la formación, como tarea permanente de conversión personal y comunitaria, entendida como un proceso dinámico que nunca acaba, como experiencia profunda de Dios e interiorización de la vida de Cristo (Gál 2,20; Filp 1,21). Debe ser un lugar de encuentro y vínculo de comunión, casa abierta a todos, hogar de los pobres, plataforma misionera, donde aprendemos y vivimos en libertad, fermento de nueva humanidad. Atenta a los signos de los tiempos y a las necesidades de nuestra gente


Bizitza sortzen duen Parrokia baten bila gabiltza, bertan Bataioaren bidez sortu ginen, eta gure seme-alabei jaiotzetik hil arte laguntzen diena. Katekesi eta ebanjelizazioaren fedean hezten eta heltzen garen ikastetxea da, bihurtze pertsonal eta komunitarioko etengabeko zeregin bezala, inoiz bukatzen ez den prozesu dinamiko bat bezala ulertua, Jainkoaren esperientzia sakona eta Kristoren bizitzaren barnerapen bezala (Gal 2,20; Filp 1,21). Topagune eta elkarte-lotura izan behar du, denontzat irekitako etxea, behartuen etxebizitza, plataforma misiolaria, aske ikasi eta bizitu dezakegunak, gizarte berri baten hartzigarria.


EL SINODO 2021-2023

 

La Iglesia católica mundial se ha embarcado oficialmente en el “proceso sinodal 2021-2023”. El Papa Francisco lanzó el proyecto en el Vaticano el 10 de octubre con una misa en la Basílica de San Pedro y los obispos de todo el mundo (aunque no todos) inauguraron el proceso a nivel diocesano el domingo siguiente con celebraciones en sus catedrales locales.

El secretariado del Sínodo de los Obispos en Roma ha puesto un gran énfasis en la escucha a Dios en el Espíritu Santo y unos a otros. Pero en la tradición cristiana, el acto de escuchar siempre está relacionado con la lectura: no solo la Escritura, sino también todo lo que conduzca a escuchar la revelación de Dios en la historia y en nuestra vida para discernir las formas en que Dios nos habla hoy.

El problema es que existen hoy nuevas formas de analfabetismo e ignorancia que afectan a la Iglesia, y este es un elemento clave para comprender por qué algunos católicos parecen indiferentes o desinteresados ​​por el “proceso sinodal”. Parte de la reticencia tiene sus raíces en una oposición al Papa Francisco o al Concilio Vaticano II. Pero el problema es mucho más profundo.

De la imprenta a las redes sociales

La Reforma y el Concilio de Trento (1545-63) tuvieron lugar en el siglo XVI durante la época de la imprenta, y los libros tuvieron un impacto importante en la cultura religiosa y los debates teológicos de esa época.

El Concilio Vaticano I (1869-70) se celebró en el siglo XIX durante la era de los periódicos, las revistas y el surgimiento de los intelectuales públicos.

Cuando llegó el Vaticano II (1962-65), ya estábamos en la era de la televisión y los medios de comunicación.

Y ahora tenemos que el proceso sinodal 2021-2023, la mayor consulta del Pueblo de Dios en la historia de la Iglesia, tiene lugar en la era de las redes sociales y digitales, un fenómeno que ha demostrado que la Iglesia está profundamente dividida a lo largo de líneas generacionales y culturales.

Muchos de los que pertenecen a la gerontocracia católica son analfabetos digitales, mientras que las personas de otras secciones de la Iglesia son analfabetas en un sentido más tradicional de la palabra. Incluso en las instituciones católicas de educación superior tenemos muchas personas que están “graduadas pero no alfabetizadas”.

Hay signos inquietantes de una caída del nivel cultural entre los católicos de hoy. En Europa y el mundo occidental, muchos periódicos, revistas y editoriales católicos han cerrado en los últimos años.

El fin de una era

Después de alimentar el intelecto de los católicos durante generaciones, especialmente durante el Concilio Vaticano II y las primeras décadas posteriores al Concilio, ahora hay menos vías para la producción cultural y el consumo de escritos que puedan ayudar a los creyentes a dar sentido a los signos de los tiempos.

Uno de los últimos ejemplos es la impactante noticia de la quiebra y el cierre de una de las editoriales católicas más importantes de Italia, Edizioni Dehoniane .Con sede en Bolonia, ha producido muchos volúmenes esenciales a lo largo de los años, incluida la edición italiana de la aclamada Biblia de Jerusalén. El cierre de esta editorial marca el final de una era para la cultura católica en Italia y genera serias preocupaciones sobre cómo los creyentes continuarán comprometidos intelectualmente en el futuro.

La Curia romana, el Vaticano y las universidades y academias pontificias de Roma fueron una vez centros de producción y consumo cultural, pero hoy ya no es así o al menos no en la misma medida que antes.

He perdido la cuenta de cuántas librerías religiosas en la Ciudad Eterna han cerrado en los últimos años y me pregunto cuántas más se cerrarán. El problema no es solo la aparición del comercio electrónico, las bibliotecas digitales o la pandemia. Lo que estamos presenciando es un cambio sustancial en la cultura de los católicos en comparación con las expectativas suscitadas por las reformas del Vaticano II.

No se espera ni se requiere que todos los católicos sean ratones de biblioteca o posean una biblioteca, literal o figurativamente. Pero las expectativas deben ser mayores para los líderes ordenados y laicos de la Iglesia.

Ser una “Iglesia que escucha” no significa simplemente escucharse unos a otros o escuchar al Espíritu Santo. También significa escuchar lo que la cultura, religiosa y secular, tiene que decirle a la Iglesia.

El Concilio de Trento abordó el problema de la ignorancia entre el clero. Hoy, unos 450 años después, hay indicios de que la Iglesia católica vuelve a afrontar el mismo problema , en un momento en el que su liderazgo está o ya no debería identificarse únicamente con el clero.

La suposición de que los líderes de la Iglesia pueden permitirse el lujo de ser ignorantes es simplemente otra forma de clericalismo.

 


 

Asamblea Final Sinodal de la Conferencia Episcopal Española
Madrid, 11 de junio de 2022

 

EL SÍNODO, TIEMPO HABITADO POR EL ESPÍRITU
Comunión, comunidad, escucha y diálogo, corresponsabilidad, formación,
presencia pública, misión son palabras –todas ellas conectadas entre sí– que resuenan con fuerza en las síntesis recibidas. La comunión se vive en la comunidad, de cuya edificación y desarrollo todos somos corresponsables, bajo la acción del Espíritu Santo; una comunidad que escucha acoge, nos permite vivir, celebrar y crecer en la fe y nos anima a comprometernos en el mundo para transformar la realidad y anunciar a Jesucristo.

A) Iglesia en camino: la voz del Espíritu dentro de la Iglesia
Como punto de partida, destacan dos ideas fundamentales: de un lado, avanzar en el cumplimiento de la misión de la Iglesia requiere partir de una fuerte conversión personal, comunitaria y pastoral; de otro, no podemos ser Iglesia desde la lejanía, sino que resulta imprescindible la apertura, la escucha, ir allí donde están quienes nos necesitan, como una forma de entender nuestra misión.

Desde la perspectiva de la conversión, somos muy conscientes del papel de la oración, los sacramentos, la activa participación en las celebraciones y la formación sobre los contenidos de nuestra fe; en definitiva, de la necesidad de vivir una espiritualidad dinámica que nos conduzca a una renovación interior y a una transformación exterior, a madurar el sentido sobrenatural de la fe para no quedarnos en lo puramente ritual. Renovar el encuentro con Jesús, el Señor, es el punto de partida de cualquier proceso de cambio para dar respuesta a las urgencias que estamos detectando. No podemos ser creíbles en el exterior si no cuidamos el interior.

Nos preocupa la secularización de los bautizados, la pérdida de la identidad
cristiana de los creyentes y, por derivación, de las estructuras de las que formamos parte –instituciones y centros de la Iglesia–. Efectivamente, la conversión no puede quedarse solo en lo personal: debe afectar a la organización de nuestra Iglesia para que todas las estructuras se vuelvan más misioneras.
Juega un papel muy importante, en relación con esta cuestión, la celebración de la fe. Observamos que la liturgia –a pesar de su importancia como instrumento privilegiado de santificación, de conversión y de evangelización, así como de
edificación de la comunidad– se vive de una forma fría, pasiva, ritualista, monótona, distante. Ello es así en gran medida por las carencias formativas sobre sus contenidos, que lleva al desconocimiento de lo que es y significa, y por la falta de participación en su desarrollo, que conduce a la indiferencia. Todo ello tiene como consecuencia la desconexión entre las celebraciones litúrgicas y nuestra vida, por lo que resulta imprescindible potenciar la formación en liturgia y promover una participación viva y fructuosa, a través de la creación de equipos de animación litúrgica. Resuena también con fuerza la necesidad de reflexionar seriamente sobre la adaptación de los lenguajes, de los ornamentos y de parte de los ritos que están más alejados del momento presente, así como de repensar el papel de la homilía – en tanto que parte integrante de la liturgia– como elemento fundamental para entender la celebración y para la formación de los fieles laicos.

Adicionalmente, se considera que la preparación de la liturgia debe cuidarse especialmente en aquellas celebraciones a las que asisten personas que no participan activamente de la vida de la Iglesia. En definitiva, hemos de lograr que las celebraciones toquen el alma de los fieles. Más en concreto, el Espíritu nos pide profundizar en la vida de oración, sin la cual no podemos vivificar a la Iglesia. Necesitamos sentirnos comunidad viva, coherente,

que asume sus errores y carencias y camina hacia el futuro con la práctica de la oración y la ayuda de la gracia del Espíritu.

Desde la perspectiva de la vivencia y celebración de la fe, se valora mucho la parroquia como principal espacio para el ejercicio de la vida cristiana, como lugar de comunión, de cercanía, que ayuda a superar el individualismo, a conocerse, a quererse. También, más en particular, la pertenencia a un grupo de referencia.

Somos Iglesia de muchos modos y, en ocasiones, muy diversos entre sí. Pero esa pluralidad ha de ser asumida en clave de complementariedad y hemos de ser capaces de lograr la unidad sin caer en la tentación de imponer la uniformidad.

Percibimos, en cierto sentido, que hemos de recuperar el valor de la comunión eclesial sobre la vivencia de lo particular o grupal, que puede llegar a ser excluyente. Aunque apreciamos la riqueza de las distintas realidades eclesiales, tenemos la sensación de que no nos conocemos y andamos divididos. Junto con ello, los cristianos no podemos vivir como si fuéramos una realidad social ajena a este mundo. Debemos caminar junto con la sociedad actual y ello implica esforzarnos por abrirnos a todos. Una resonancia especial posee la necesidad de mostrarnos como Iglesia que escucha y acompaña, también que anima y llega a la vida real de las personas. Ciertamente, la palabra escucha ha sido una de las más subrayadas por los grupos sinodales.

La escucha del Espíritu es experiencia originaria y permanente. Hemos de ser capaces de construir comunidades que la pongan en práctica, acogedoras, cercanas e inclusivas, que acompañen y sepan mostrar la ternura de Dios, particularmente a aquellas personas que son excluidas o rechazadas por la sociedad. Ello permitiría ir rompiendo prejuicios y clichés contra la Iglesia, favoreciendo el diálogo con la sociedad.

Desde esta perspectiva, coincidimos en la importancia del papel de los sacerdotes en el acompañamiento espiritual y les pedimos por ello una mayor cercanía a la comunidad. Al mismo tiempo, somos conscientes de que recae sobre el resto de los miembros del Pueblo de Dios la responsabilidad fundamental de colaborar activamente en la construcción de comunidades que acojan y acompañen.

En definitiva, hemos de lograr pasar de eventos pastorales a procesos de vida cristiana, sobre todo porque, en ocasiones, percibimos el agotamiento y el cansancio por no ver con claridad hacia dónde vamos; de algún modo, tenemos la sensación generalizada de que hacemos muchas cosas que no llevan a ninguna parte.

En particular, se pone de manifiesto la necesidad de que la acogida esté más cuidada en el caso de las personas que necesitan de un mayor acompañamiento en sus circunstancias personales por razón de su situación familiar –se muestra con fuerza la preocupación por las personas divorciadas y vueltas a casar– o de su orientación sexual. Sentimos que, como Iglesia, lejos de quedarnos en colectivos identitarios que difuminan los rostros, hemos de mirar, acoger y acompañar a cada persona en su situación concreta.

El paso de la vivencia interior de la fe a la presencia pública transformadora de la sociedad tiene como puente la formación. A este respecto, sin embargo, reconocemos graves carencias, particularmente en los fieles laicos, pero también en los sacerdotes.

En cuanto a los sacerdotes, se pide una formación que profundice más en la vida apostólica, en la clave de la sinodalidad y en la corresponsabilidad, con reconocimiento del papel propio de los fieles laicos, de la autoridad entendida no como poder, sino como servicio. En concreto, se insiste mucho en que la formación de nuestros seminaristas esté iluminada con estas claves.

Respecto de los laicos, se puede detectar una clara paradoja en las aportaciones.

Al tiempo que se ve imprescindible potenciar procesos formativos –integrales y de carácter permanente que conduzcan a un compromiso transformador de la realidad, con una fuerte presencia de la Doctrina Social de la Iglesia–, no se asumen como propios; no existe un compromiso firme con la formación en el caso de la inmensa mayoría de los fieles. Ello conduce a profesar una fe débil, llena de lagunas y carencias, e incapacita para dar testimonio público de ella, porque se percibe inseguridad, miedo, falta de preparación para el diálogo. A nivel más de detalle, los laicos piden a sus pastores valentía y mayor claridad en temas complejos que generan gran debate social.

Vemos claro que la formación nos tiene que llevar al compromiso y afectar a nuestra propia vida. Los documentos magisteriales son abundantes y los centros especializados de formación no faltan, pero se precisa comprender la necesidad de articular procesos formativos y de animar a comprometernos con ellos. En relación con esta cuestión, se valora muy positivamente la pertenencia a un equipo de vida como marco adecuado para la formación, entendida en sentido amplio y no como mera adquisición de saberes; un equipo que, no obstante, no esté encerrado en sí mismo, sino abierto a la comunidad, para no crear barreras ni hacer acepción de personas.

Dos de las cuestiones que más reflexiones ha suscitado son la complementariedad de las tres vocaciones, todas llamadas a la santidad –la vocación laical, la vocación a la vida consagrada y la vocación al sacerdocio– y, en relación con ella, la corresponsabilidad de los fieles laicos.

Somos muy conscientes del papel imprescindible de los sacerdotes en la vivencia y celebración de la fe, singularmente en la eucaristía y el perdón, así como en la animación y edificación de la comunidad. Por eso nos duele particularmente la falta de entusiasmo de una parte muy relevante de los sacerdotes de las distintas comunidades locales y nuestra falta de eficacia como comunidad a la hora de acompañarlos en la vivencia de su vocación.

Una concreción de ello es lo que podemos llamar clericalismo bilateral, es decir,un exceso de protagonismo de los sacerdotes y un defecto en la responsabilidad de los laicos. Vemos que tiene una doble causa: por un lado, los sacerdotes, por inercia, desempeñan funciones que no les son propias y no impulsan la corresponsabilidad laical; por otro lado, los laicos no asumen su papel en la edificación de la comunidad, por comodidad, por inseguridad, por miedo a equivocarse o por experiencias negativas anteriores.

Se entiende generalmente que “lo de dentro es cosa de curas

y lo de fuera cosa de laicos” y que, desde el punto de vista institucional, la Iglesia está más organizada sobre el sacramento del orden que sobre el sacramento del bautismo –ambos recíprocamente imprescindibles–.

Se señala con insistencia la necesidad de ampliar los espacios de participación, de animar a más personas a que se comprometan en ellos, de ayudar a los bautizados a descubrir que son Iglesia y que, como tales, todo lo que le afecta les concierne. En este sentido, el apostolado asociado se ve y valora como un medio eficaz para descubrir y vivir la corresponsabilidad en la vida y misión de la Iglesia.

Derivado de lo anterior, el autoritarismo en la Iglesia (autoridad entendida como poder y no como servicio), con sus correspondientes consecuencias –clericalismo, poca participación en la toma de decisiones, desapego de los fieles laicos– es una de las principales críticas que aparece en las aportaciones de los grupos sinodales.

El papel de los laicos y de la vida consagrada en el momento presente es imprescindible e insustituible, y hemos de ser capaces de encontrar el modo y los espacios para que puedan desarrollarlo en toda su plenitud.

Valoramos mucho a nuestros hermanos consagrados, si bien somos conscientesde que no les tenemos tan presentes como deberíamos. Por ello, resulta importante cuidar las mutuas relaciones con los miembros de la vida consagrada, que vemos como un carisma de la Iglesia, que se vive en la Iglesia y el Espíritu lo da al servicio de la Iglesia y de toda la humanidad. En particular, valoramos muy positivamente que la vida contemplativa también ha vivido este proceso sinodal desde la oración, la lectio divina y el discernimiento comunitario tan propio de los monasterios.

B) Iglesia en salida: diálogo con el mundo

No somos Iglesia para nosotros mismos, sino para los demás. Desde esta perspectiva, se insiste claramente en la necesidad de abandonar la visión de una Iglesia de mantenimiento para avanzar hacia una auténtica Iglesia en salida, aunque suponga asumir algunos riesgos. Transformar la pastoral de conservación en una pastoral de conversión y de evangelización constituye una exigencia ineludible en la actualidad. En coherencia con ello, consideramos que la comunión ha de conducirnos a un estado permanente de misión: encontrarnos, escucharnos, dialogar, reflexionar, discernir juntos son acciones con efectos positivos en sí mismas, pero no se entienden si no es con el fin de impulsarnos a salir de nosotros y de nuestras comunidades de referencia para la realización de la misión que tenemos encomendada como Iglesia. Se percibe, sin embargo, una clara fractura entre Iglesia y sociedad. Aquélla es vista como una institución reaccionaria y poco propositiva, alejada del mundo de hoy. En parte, consideramos que la responsabilidad es nuestra, porque no sabemos comunicar bien todo lo que somos y hacemos. Esta imagen de la Iglesia nos duele – porque la amamos– y, en cierto sentido, la sensación de que no llegamos a la sociedad y de que los prejuicios contra la Iglesia son insalvables nos conduce a un profundo desánimo que dificulta la presencia evangelizadora y transformadora de la realidad.

Creemos que la Iglesia, de la que nos sentimos miembros, debe acercarse a los hombres y mujeres de hoy, sin renunciar a su naturaleza ni a la fidelidad al Evangelio, estableciendo un diálogo con otros actores sociales, con el fin de mostrar su rostro misericordioso y contribuir a la realización del bien común. Somos Iglesia viva y alegre al servicio de la misión, pero hemos de manifestarlo a todos. Al mismo tiempo, esa presencia en la realidad puede ayudarnos a escuchar la voz de Dios en la vida social para atender mejor los desafíos que nos plantea.

En definitiva, la Iglesia sigue estando llamada a hacerse presente en la Historia. Sin embargo, falta espíritu evangelizador en nuestras comunidades, más centradas en sí mismas que en abrirse a todas las personas que habitan el territorio en el que se ubican. En particular, aunque los laicos son conscientes de estar llamados a hacerse presentes en la vida pública, cuesta atender esa tarea, en parte porque no sienten el apoyo y el acompañamiento de la comunidad. Se anhelan líderes cristianos en los diferentes ámbitos de la vida pública –política, economía, educación, cultura...– y se ve imprescindible impulsar procesos de formación de estos laicos cristianos que viven la caridad política, así como de acompañamiento en el desarrollo de sus tareas.

En cuanto a la Iglesia como institución social, vemos imprescindible su

participación en la vida comunitaria, pero consideramos que hemos de ser capaces de impulsar una Iglesia que se preocupe más de abrir procesos movida por el Espíritu que de ocupar espacios. Más allá de la corresponsabilidad y de la participación en la misión de la Iglesia, se insiste particularmente en tres extremos relativos a su organización: la necesidad de una mayor profesionalización en los asuntos de gobierno (esto es, de contar con expertos para la toma de decisiones en los distintos sectores en los que estamos presentes); la conveniencia de extender la transparencia a otros ámbitos diferentes del meramente económico –respecto del cual se valora muy positivamente en términos generales–, para explicar cómo contribuimos al bien común; y la urgencia de una mayor presencia en los medios de comunicación generalistas, tanto en los tradicionales como en los nuevos espacios virtuales, unida a un mejor aprovechamiento de los medios propios. En particular, se valora mucho la acción de Cáritas como canalizadora de la acción caritativo-social de la Iglesia.

IIl. TEMAS QUE HAN TENIDO UNA FUERTE RESONANCIA EN EL PROCESO SINODAL

Las cuestiones anteriormente destacadas –referidas al interior de la Iglesia y a su papel en la sociedad– están omnipresentes en las aportaciones de los grupos sinodales. Junto con ellas, han resonado con fuerza algunos temas específicos que conviene destacar y sobre los que resulta necesario un mayor ejercicio de discernimiento. Son los siguientes:

– En primer lugar, sin duda alguna, la referencia al papel de la mujer en la

Iglesia como inquietud, necesidad y oportunidad. Se aprecia su importancia en la construcción y mantenimiento de nuestras comunidades y se ve imprescindible su presencia en los órganos de responsabilidad y decisión de la Iglesia.

– Es patente la preocupación por la escasa presencia y participación de los jóvenes en la vida y misión de la Iglesia.

– La familia se ve como ámbito prioritario de evangelización.

– Ha tenido un eco importante el tema de los abusos sexuales, de poder y de

conciencia en la Iglesia, evidenciando la necesidad de perdón, acompañamiento y reparación.

– Mayoritario ha sido el sentir acerca de la necesidad de institucionalizar y

potenciar los ministerios laicales.

– Atención específica merece el tema del diálogo con las demás confesiones

cristianas y con otras religiones. Reconocemos que tenemos escasa experiencia ecuménica en nuestras comunidades, al tiempo que comprendemos la necesidad de establecer este diálogo allí donde no existe y, en su caso, de potenciarlo, con espacios e iniciativas compartidas que lleguen a todos los miembros de las comunidades.

Por último, destacamos algunas otras cuestiones relevantes que han surgido en diálogo sinodal, si bien con menor presencia:

– La necesidad de potenciar una presencia cualificada de la Iglesia en el mundo rural.

– La religiosidad popular como cauce de evangelización en un mundo

secularizado.

– La necesidad de fomentar la pastoral de los mayores.

– La conveniencia de incrementar la atención de determinados colectivos tales como presos, enfermos o inmigrantes.

Junto con todo lo anterior, aunque se trata de cuestiones suscitadas solo en algunas diócesis y, en ellas, por un número reducido de grupos o personas, vemos conveniente incorporar a esta síntesis, por su relevancia en el imprescindible diálogo eclesial y con nuestros conciudadanos, la petición que formulan acerca de la necesidad de discernir con mayor profundidad la cuestión relativa al celibato opcional en el caso de los presbíteros y a la ordenación de casados; en menor medida, ha surgido igualmente el tema de la ordenación de las mujeres.

En cualquier caso, en relación con estos temas, se detecta una clara petición de que, como Iglesia, dialoguemos sobre ellos con el fin de permitir conocer mejor el Magisterio respecto de los mismos y poder ofrecer una propuesta profética a nuestra sociedad.

Por último, debemos destacar, como particularidad de la Iglesia que peregrina en España, la fuerte resonancia en las síntesis diocesanas del proceso abierto con motivo del Congreso de Laicos celebrado en Madrid en febrero de 2020. Se percibe con nitidez que ese proceso ha sido precursor de este camino sinodal y que es asimismo la manera natural de darle continuidad.

IV. LA FUERZA DE LA SINODALIDAD Y LA CLAVE DEL DISCERNIMIENTO

Quienes nos hemos implicado en este proceso hemos experimentado con fuerza que la sinodalidad es el camino para seguir haciendo Iglesia; una Iglesia no autorreferencial, sino abierta y cercana a todos los hombres y mujeres de hoy y, por ello, queremos seguir en esta senda.

Nos hemos sabido escuchados, hemos sido libres al hablar, hemos experimentado esperanza, alegría, ilusión, coraje para cumplir nuestra misión, con un fuerte sentimiento comunitario de seguir en camino y de hacerlo juntos.

Sentimos un profundo agradecimiento por haber podido ser protagonistas del proceso. Junto con ello, realmente vemos en él algo nuevo, que nos abre horizontes hasta ahora poco explorados. En un momento en el que resulta patente que las cosas no pueden seguir igual y urge dar respuesta a desafíos ineludibles, percibimos que estamos asentando las bases para un nuevo modo de trabajar y de ser Iglesia y ello nos ilusiona y anima.

La participación nos ayuda a renovar nuestro sentido de pertenencia a la Iglesia y fortalece la comunión (encontrarnos, rezar juntos, escucharnos, dialogar, nos hace crecer como comunidad); reflexionar y discernir unidos sobre cómo hemos de ser Iglesia en el momento presente nos lleva a volver a la esencia de la razón de nuestra existencia y misión: anunciar a Jesucristo. En definitiva, nos hace más auténticos, nos configura como discípulos-misioneros.

No obstante, esta certeza en la necesidad de seguir avanzando en la vía de la sinodalidad y (re)descubriendo lo que significa no impide que encontremos

dificultades y se manifiesten dudas e incertidumbres. El ejercicio de escucha sin filtros que hemos tratado de hacer no ha estado exento de esfuerzo; además, no son pocos quienes se preguntan si realmente servirá para algo este proceso de escucha, sobre todo relacionándolo con experiencias anteriores –sínodos  asambleas diocesanas celebrados en algún momento más o menos reciente, que han generado frustración por quedar sin aplicaciones prácticas–. De algún modo, la voluntad de seguir avanzando se condiciona a que existan signos concretos que continúen motivando una mayor implicación y generando ilusión.

Nos sabemos escuchados, pero no protagonistas de la vida y misión de la Iglesia. También se considera, desde otra perspectiva, que hemos de ser capaces de no sobrecargar la experiencia sinodal. No podemos desconocer que existen muchos espacios sinodales; por ello, hemos de comenzar a llenarlos de contenido auténticamente sinodal para favorecer la participación y la toma de decisiones, sin perjuicio de que, allí donde se vea necesario, se abran nuevos caminos, siempre desde el discernimiento. A este respecto resuena con especial fuerza la idea de dar el paso de la consulta a la codecisión: que los órganos existentes no se limiten a ser instrumentos consultivos, sino que en ellos se adopten decisiones con madurez, honestidad y como fruto de un ejercicio de corresponsabilidad guiado por el discernimiento.

También hemos de destacar la insistencia acerca de la conveniencia de una mayor apertura del proceso de nombramiento de obispos y párrocos a la participación de la comunidad.

La sinodalidad, no obstante, se percibe como inseparable del discernimiento, otro de los extremos que resuena con fuerza en las síntesis diocesanas y que constituye el objetivo del proceso sinodal. El discernimiento se ve como un complemento necesario de la sinodalidad y un instrumento eficaz para evitar el clericalismo. Más en concreto, algunos grupos destacan que los cauces para el discernimiento son, entre otros, los espacios sinodales ya existentes, tales como los consejos parroquiales y diocesanos y las comunidades de referencia donde se comparte la vida y la misión.

Aunque no tenemos experiencia suficiente de qué es el discernimiento y cómo podemos llevarlo a cabo en nuestras comunidades, comprendemos que es camino seguro para abrirnos al Espíritu e ir identificando los pasos que hemos de dar.

Efectivamente, constatamos que no estamos todavía preparados para esta actitud interior y por eso necesitamos educarnos para un discernimiento personal y comunitario. Esto exige descubrir el plan y la voluntad de Dios para cada persona, estar atentos a las llamadas y retos de la Iglesia y del mundo aquí y ahora, mediante la escucha de la Palabra de Dios en un clima de oración. Y, sobre todo, entenderlo no como una acción de mera invocación del Espíritu, sino como una actitud sincera de escucha a su voz. El discernimiento es una clave verdadera para realizar la necesaria conversión en la Iglesia y para transformarnos en discípulos misioneros.

Se trata en definitiva de reconocer el paso de Dios por nuestra vida, de interpretar las llamadas del Espíritu y de elegir los caminos que el Señor nos señala para una conversión pastoral y misionera.

V. UNA MIRADA ESPERANZADA

En este tiempo de Gracia, todos cuantos hemos participado en el proceso sinodal hemos expresado nuestros sueños, deseos y compromisos con una Iglesia que sea más familia, más cercana a los necesitados, más valiente para afrontar los problemas del mundo de hoy y en la que sus miembros, apoyados en la Palabra,mostremos a todos la alegría y la belleza de seguir a Jesús.

A la luz del trabajo sinodal realizado en toda la Iglesia en España, sentimos con fuerza la llamada a caminar juntos y a renovar e incrementar nuestro modo de participar en la Iglesia, desde la hondura de su misterio, en los dos aspectos que la definen: la comunión y la misión.

Esta llamada implica tres urgencias que abordar, claramente entrelazadas: crecer en sinodalidad, promover la participación de los laicos y superar el clericalismo.

1.- Crecer en sinodalidad. La Iglesia está llamada a una permanente

conversión en el modo de ser y de hacer. Este estilo y espiritualidad –la sinodalidad– no cambia su identidad ni su misión, que provienen del Señor, pero invita a todos a un renovar su modo de comprometerse en el servicio eclesial y de participar en la vida de la Iglesia. Muchos grupos manifiestan su deseo de continuar trabajando con este espíritu sinodal en sus comunidades y que este mismo espíritu guíe la vida diocesana y la de toda la Iglesia.

Este deseo de cambio exige, por tanto, una formación explícita en sinodalidad, con todo lo que implica de capacidad de acogida, de procesos de escucha activa y respetuosa, de comprensión, de acompañamiento a los demás y de discernimiento.

Se trata de dar cabida, con paciencia y humildad, a las preguntas y cuestiones que otros quieran formular con el fin de conocer, a partir de la escucha abierta a las aportaciones de todos, el plan de Dios para este tiempo y para este lugar.

Implica asumir la diversidad en las comunidades en clave de complementariedad y tener estructuras eclesiales auténticamente sinodales. Supone dar un mayor protagonismo a quienes forman parte de ellas, desde la complementariedad de las vocaciones, también en cuanto a la toma de decisiones.

Una propuesta concreta para seguir experimentando la sinodalidad sería la realización de consultas anuales, parroquiales o diocesanas, para dar la oportunidad de expresarse y contribuir en los planes pastorales que se van a llevar a cabo. Se trata de promover otras estructuras de participación que corresponsabilicen al Pueblo de Dios en la acción evangelizadora y caritativa de la Iglesia. Entre los sacerdotes sería oportuno promover e impulsar el trabajo en los arciprestazgos y en el consejo del presbiterio, como órgano colegiado en orden a desarrollar procesos de discernimiento concernientes a la vida pastoral de la diócesis.

2.- Promover la participación de los laicos. Se ha sentido especialmente la

necesidad de subrayar la plena responsabilidad de los laicos en la vida y la misión de la Iglesia. En el interior de la Iglesia, en orden a la comunión, es preciso una mayor presencia en los ámbitos de decisión que permita incrementar la corresponsabilidad y ofrecer un mejor servicio al Pueblo de Dios. Sería oportuno, a partir de una reflexión eclesial y canónica, definir los asuntos respecto de los cuales la participación de los cristianos laicos tuviera carácter decisorio, especialmente en aquellos campos que son más propios de su vocación en el mundo.

En particular, es preciso repensar el papel de las mujeres en la Iglesia, con un mayor protagonismo y responsabilidad; sencillamente, están desempeñando un papel fundamental en el día a día de la comunidad eclesial y deben poder asumirlo igualmente en los lugares y espacios en los que se toman las decisiones.

Al mismo tiempo, en orden a la misión, resulta imprescindible potenciar la presencia acompañada de los laicos en el entramado social: asociaciones de vecinos, sindicatos, partidos políticos, economía, ciencia, política, trabajo, medios de comunicación, entre otros. Conviene superar un estilo de vivir la fe “hacia dentro”, que se reduce a la práctica de los sacramentos y no sale al encuentro de las personas en la vida social y hasta las periferias. Conscientes del valor que tiene caminar junto a personas no creyentes y alejadas, es preciso trazar un itinerario de encuentro que comience con la escucha, con la necesidad de sanar heridas y con la apertura a horizontes de colaboración y que, al mismo tiempo, sea plan de acogida en las parroquias para los que lleguen por primera vez.

3.- Superar el clericalismo. La promoción del laicado implica y exige la

superación del clericalismo como una inercia de tiempos pasados, en los que todas las responsabilidades recaían en la figura del sacerdote. Esa superación implica  también vencer la pasividad y la falta de implicación de muchos fieles laicos en la edificación de la Iglesia. El ámbito propio de los sacerdotes es el de la caridad pastoral que le encomienda encabezar, acompañar, proteger y sanar al Pueblo de Dios para que sea fiel a la comunión y misión que le constituyen. Algunos laicos, por su misión eclesial, participan de esa dimensión pastoral y colaboran con ella en la catequesis, la visita a enfermos o presos, la enseñanza, etc. En cualquier caso, fuera de esa labor pastoral, la misión de los pastores no se extiende a las decisiones en aquellos ámbitos que superan su preparación y su ministerio, respecto de los cuales se hace imprescindible contar con el asesoramiento de laicos expertos y trabajar con ellos sinodalmente. 

También lo es tener muy presente la vida consagrada y su esencia profética, voz humilde que acerca las periferias.

A partir de estas urgencias, la Iglesia se ofrece a la sociedad a la que sirve, de manera especial a aquellas personas que se sienten en las periferias por su origen étnico, por su situación familiar o económica o por su orientación sexual. Todas y cada una de ellas, sean cuales sean sus circunstancias, tienen un sitio en la Iglesia y es preciso ofrecerlo con claridad, sin exclusiones, para acompañar cada situación desde el amor fraterno hasta la verdad y la promoción personal. Esto nos exige a todos una apertura de corazón a la comprensión del plan de Dios para cada persona.

Un servicio más verdadero y profundo a la sociedad implica necesariamente la formación de todo el Pueblo de Dios y la celebración del misterio cristiano que alimenta y vivifica la fe de los creyentes. Por ello, estos dos aspectos necesitan de especial cuidado.

En relación con la formación, se hace precisa una formación integral que atienda a la dimensión personal, espiritual, teológica, social y práctica. Para ello, es imprescindible una comunidad de referencia, porque hay un principio del “caminar juntos” que es el de la formación del corazón, que trasciende los saberes concretos y abarca la vida entera. Es necesario incorporar a la vida cristiana la formación continua y permanente para poner en práctica la sinodalidad, madurar y crecer en la fe, participar en la vida pública, acrecentar el amor y la participación de los fieles en la eucaristía, asumir ministerios estables, ejercer una corresponsabilidad real en el gobierno de la Iglesia, dialogar con las otras Iglesias y con la sociedad para acercarse fraternalmente a los alejados.

Esa formación puede estar orientada por un plan diocesano de formación del laicado, con especial incidencia en la Doctrina Social de la Iglesia y que forme acompañantes cristianos para las comunidades. La formación online puede ser un cauce oportuno a tal fin.

Con relación a la celebración, conviene una preparación esmerada, realizada por equipos de liturgia presentes en cada parroquia. La eucaristía, que finaliza con el envío a la sociedad, por su valor mistagógico, nos introduce en la comunión profunda con Dios y con los hermanos, por la alegría y esperanza que se transmiten, especialmente cuando participan los niños y los jóvenes.

Urge renovar nuestras celebraciones, revisando y mejorando los gestos y el lenguaje y la comprensión de las homilías, haciéndolas más participativas y comunitarias.

 

Por último, planteamos una serie de propuestas diferenciadas en función del nivel de actuación.

1.- Propuestas a nivel parroquial

– Promover una nueva forma de estar en el territorio. El mapa parroquial actual muestra una realidad que corresponde al pasado porque en muchos lugares la parroquia ya no es una realidad pastoral viva, sino un territorio de misión. En la España rural hay que organizar una nueva forma de presencia de la Iglesia con sinergias en la vida parroquial y un mayor compromiso de los fieles laicos.

– Poner en marcha, allí donde no existen, los consejos parroquiales y de asuntos económicos o, en su caso, renovarlos, haciendo de ellos verdaderos espacios sinodales. Conviene también considerar sobre qué temas los consejos parroquiales o de economía pueden ser deliberativos, con la participación de los laicos. Ambos consejos se consideran instrumentos fundamentales de sinodalidad.

–Favorecer los pequeños grupos de fe que se alimentan a diario de la Palabra y que juntos profundizan en su vivencia cristiana. Han de cuidarse y alimentarse, ya que constituyen un fermento que hará crecer la semilla de la fe.

2.- Propuestas a nivel diocesano

– Dar mayor protagonismo a los movimientos eclesiales, las cofradías y hermandades, y a la vida consagrada y monástica en la elaboración de los planes diocesanos. Su aportación puede contribuir a la renovación de la Iglesia, sobre todo a través de los consejos diocesanos de pastoral.

– Desarrollar y aumentar el número de ministerios formalmente reconocidos

para los laicos: ministros de liturgia, de la Palabra, de Caritas, de visitadores, de catequistas.

– Priorizar el trabajo en red de todas las realidades que existen en las diócesis.

 

3.- Propuestas a nivel de Iglesia universal

Ayudar a redescubrir la vocación bautismal, la común pertenencia al Pueblo de Dios, buscando espacios de comunión y de trabajo en equipo, así como la implicación en un proyecto de anuncio de Jesús en este mundo y en este tiempo.

– Estar cada vez más presente como voz profética en todas las dificultades,conflictos y desafíos del mundo de hoy.

Nuestro proceso no concluye aquí. Las urgencias, aspectos que precisan de un especial cuidado y propuestas concretas que se recogen en esta síntesis, junto con todas las aportaciones que han surgido de los grupos sinodales, necesitan de un mayor discernimiento en nuestras diferentes comunidades.

Concluida la fase diocesana del Sínodo, es momento propicio para llevarlo a cabo, dando así continuidad a nuestra experiencia sinodal, al tiempo que se desarrolla la fase continental.

La Iglesia que peregrina en España se muestra agradecida al papa Francisco por impulsar este proceso sinodal. A pesar de sus dificultades, ha abierto caminos de esperanza. Una esperanza que se asienta en la fidelidad de Dios, que cumple siempre sus promesas.

 
TEOLOGÍA DE LA SINODALIDAD
 

 
 
 
 
 

El Papa: Sínodo, es el modo de ser de la Iglesia. Escuchar al Espíritu y a los hermanos

 
 “Estamos llamados a la unidad”

Francisco subrayó al inicio de su mensaje que “Estamos llamados a la unidad, a la comunión y a la fraternidad (…) Por eso, caminamos juntos en el único Pueblo de Dios, para hacer experiencia de una Iglesia que recibe y vive el don de la unidad, y que se abre a la voz del Espíritu”.

“Quisiera decir que celebrar un Sínodo siempre es hermoso e importante, pero es realmente provechoso si se convierte en expresión viva del ser Iglesia, de un actuar caracterizado por una participación auténtica", afirma Francisco”

Comunión, participación y misión

“Las palabras clave del Sínodo son tres: comunión, participación y misión”, indicó Francisco. Comunión y misión son expresiones teológicas que designan el misterio de la Iglesia, la naturaleza misma de la Iglesia. Ésta “ha recibido «la misión de anunciar el reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y el principio de ese reino» (Lumen gentium, 5)”.

A través de la comunión y de la misión, la Iglesia “contempla e imita la vida de la Santísima Trinidad, misterio de comunión ad intra y fuente de misión ad extra”, insiste Francisco.

Francisco recordando a san Juan Pablo II dijo que él “quiso reafirmar que la naturaleza de la Iglesia es la koinonia; de ella surge la misión de ser signo de la íntima unión de la familia humana con Dios”, y para que los sínodos sean fructíferos deben estar bien preparados y “es preciso que en las Iglesias locales se trabaje en su preparación con la participación de todos”.

El Papa insiste en la importancia de la participación como mecanismo para una auténtica praxis sinodal en la Iglesia: “Si no se cultiva una praxis eclesial que exprese la sinodalidad de manera concreta a cada paso del camino y del obrar, promoviendo la implicación real de todos y cada uno, la comunión y la misión corren el peligro de quedarse como términos un poco abstractos”.

“¡La participación de todos es un compromiso eclesial irrenunciable!”, afirma el Papa.”

El Sínodo. Riesgos y oportunidades

El papa Francisco señala que el Sínodo es una gran oportunidad “para una conversión pastoral en clave misionera y también ecuménica”; sin embargo, “no está exento de algunos riesgos”: el formalismo, el intelectualismo y el inmovilismo.

El Papa subraya el peligro de reducir el sínodo a un acto formal, pero sin “sustancia”. Necesitamos, dice, “los instrumentos y las estructuras que favorezcan el diálogo y la interacción en el Pueblo de Dios, sobre todo entre los sacerdotes y los laicos”.

Para hacer posible esto, se hace necesario transformar, insiste Francisco, “ciertas visiones verticalistas, distorsionadas y parciales de la Iglesia, del ministerio presbiteral, del papel de los laicos, de las responsabilidades eclesiales, de los roles de gobierno”.

El segundo riesgo es el intelectualismo, que puede convertir el Sínodo en “una especie de grupo de estudio”. Este hecho, añade el Papa, puede alejarnos “de la realidad del Pueblo santo de Dios y de la vida concreta de las comunidades dispersas por el mundo”.

Por último, dice Francisco, “puede surgir la tentación del inmovilismo. Es mejor no cambiar, puesto que «siempre se ha hecho así»” y añade que “El riesgo es que al final se adopten soluciones viejas para problemas nuevos”.

 
El cristiano de a pie no tiene claro su corresponsabilidad en la misión de su Iglesia. No se percibe como evangelizador. No se ve como misionero. Por eso no se ve como participante activo, como coprotagonista de un Sínodo de Obispos sobre Sinodalidad. No sabe qué significan esas palabras además sospecha que no vale para nada lo que él diga en tal sínodo. ¡Qué pinto yo ahí!

Si miro a mi alrededor observo que una parte muy importante del pueblo llano es un analfabeto del cristianismo de hoy. La iglesia no ha sabido acompañar a sus fieles en la formación permanente cristiana generalizada. Incluso la formación continuada de algunos servidores eclesiásticos (pastores) deja mucho que desear. Basta oír sus homilías. Con los apuntes amarillentos del seminario donde se formaron en su lejana juventud creen tener suficiente. Mi conclusión: La actualización en los contenidos y métodos para la evangelización es una urgencia si queremos revitalizar nuestra Iglesia.

Desde esta urgencia veo con ilusión, confianza y esperanza este proceso sinodal en que el papa Francisco nos ha convocado a todo el pueblo de Dios. Es una oportunidad de oro para recrear nuestra Iglesia: reforma de estructuras y conversión de mentalidades. Estos son los retos y desafíos que quiere afrontar este proceso sinodal.



 La sinodalidad apunta más que nada hacia dinámicas comunicacionales y maneras de relacionarnos como comunidad de bautizados. Una visión sinodal nos desafía a transformar los modelos clericales en los cuales un individuo decide sin consultar o sin escuchar, y sin considerarse parte del Pueblo de Dios. La sinodalidad invita a crear mecanismos de escucha atenta, pues escuchando y dialogando se establecen relaciones vinculantes que construyen iglesia a partir del discernimiento. Hago énfasis en la idea de una escucha vinculante. No se trata de sondear opinión o hacer encuestas. Se trata de abrirse a una relación vinculante al escuchar a la otra persona y a la sociedad a partir de los signos de los tiempos.

El consenso exige que haya un proceso de consulta, escucha, diálogo y discernimiento en conjunto. En cambio, los modelos clericales comienzan con una decisión y luego buscan consenso. Como tales reflejan un proceder monárquico anacrónico. En un modelo sinodal se construye el sensus ecclesiae y no el de unos pocos.

Un ejemplo está en la eclesiología que se impulsa con el Sínodo que se realizará desde Octubre del 2021 hasta Octubre del 2023. En la carta de invitación del Cardenal Grech, el Secretario General del Sínodo de los Obispos, se destaca muy bien esta eclesiología, así como toda la metodología que se seguirá, partiendo de las Iglesias locales hasta llegar a la Asamblea sinodal celebrada en Roma en el 2023, como un modelo de convergencia de todas las Iglesias locales y de unidad con el primado de Roma. Esto es una novedad muy importante y digna de estudio en la recepción del Vaticano II. La concepción eclesiológica de este proceso es muy importante para comprender el cambio que está aconteciendo en la relación entre Roma y las Iglesias locales. Ya esto es una forma nueva de ser Iglesia en comparación con los últimos 40 años.

–Suele ocurrir en muchos entornos que aparecen conceptos que se ponen de moda, y luego pierden la novedad. Pasa con frecuencia en el mundo corporativo, pero también sucede en la Iglesia, por ejemplo: la «Nueva Evangelización». ¿No podría pasar lo mismo con el concepto de sinodalidad?

–La sinodalidad es ante todo una manera de ser y de operar de la Iglesia. No es un método más de hacer cosas o un programa. Es un modo eclesial de proceder a la luz de la eclesiología del Pueblo de Dios descrita en el capítulo 2 de Lumen Gentium. Tampoco es una novedad del Papa Francisco y su pontificado.

Una de las prácticas sinodales más importantes de este primer milenio, relevantes para hoy, fue la del Obispo de Cartago, San Cipriano, quien decía: “no hago nada sin el consejo de los presbíteros y el consenso del pueblo”. El orden de las acciones es importante: tomar consejo de algunos y construir consenso con todos como un único pueblo de Dios. Es decir, que aunque tuviera el consejo de los presbíteros, no tomaba una decisión final sin lograr el consenso previo de todo el pueblo de Dios.

El reto es que sigamos haciendo lo posible para que los procesos de escucha de todos estos acontecimientos sinodales que estamos viviendo, puedan generar una auténtica conversión del clericalismo aún reinante y producir reformas de estructuras eclesiales para que pueda existir un mayor involucramiento de todos los fieles en las elaboraciones de las decisiones en la Iglesia, pues sólo así podemos ir construyendo la Iglesia del tercer milenio, una Iglesia de consejos, diálogo y consensos.

La ­sinodalidad nos habla de una Iglesia que somos todos, ¿realmente todos nos sentimos Iglesia? ¿todos actuamos y nos dejan actuar como un todo?

–Con el actual pontificado hemos recuperado la relevancia de la eclesiología de las Iglesias locales. Por ello, el papel de Roma no consiste en imponer un modelo eclesial. El Obispo de Roma sigue teniendo primacía como obispo de Roma, y como tal el resto de los obispos y de la comunidad católica están llamados a estar en comunión con él. La Iglesia es una Iglesia de Iglesias.

Sin embargo, en este proceso de reformas eclesiales en clave sinodal, el laico debe ser considerado como sujeto de la acción eclesial y no puede ser oyente pasivo o mero recipiente de las decisiones clericales. Hay estructuras que podemos rescatar para avanzar en esta práctica de inclusión de laicado, como son los consejos diocesanos pastorales pedidos por el Vaticano II, pero tristemente menos no llegamos al 50% de las diócesis del mundo que lo hayan implementado.

El camino sinodal, por ende, no busca eliminar el poder de decisión del Papa o de los obispos. Todo lo contrario, lo afirma y lo fortalece eclesialmente exigiendo que ese poder se ejerza de manera consultada y consensuada porque la autoridad en la Iglesia está al servicio de todo el Pueblo de Dios, como decía Mons. De Schmedt durante el Concilio Vaticano II. Se trata de potenciar al laico afirmando que por ser bautizados ya tenemos voz, y crear los espacios en donde tanto todos en la Iglesia, los laicos, religiosos, presbíteros y obispos sean escuchados y representados. Al hablar de representatividad no me refiero simplemente a números. Representatividad tiene que ver con inclusión de experiencias eclesiales tomando en cuenta a la diversidad de culturas que deben estar representadas en el proceder de la Iglesia. También a la diversidad de carismas, dones y ministerios.

Creo que hay que preparar a los futuros líderes pastorales, en seminarios y otros centros de formación, para que aprendan lo que significa esta nueva cultura eclesial sinodal donde se privilegie la escucha, el diálogo y el discernimiento en conjunto. Es una nueva cultura del consenso en la Iglesia.

 
 
 
 

El Papa Francisco ha llamado a la participación de todo el Pueblo de Dios para caminar, discernir, gobernar y evangelizar juntos y así hacer fructífero el Sínodo sobre sinodalidad que pronto comenzará a nivel local este otoño. Esperamos que todas las diócesis del mundo celebren un sínodo (reunión de obispos para escuchar las voces de los laicos) entre octubre de 2021 y abril de 2022.

La iglesia primitiva era una comunidad de iguales, gobernada por el "nuevo mandamiento" de Cristo de que nos amemos unos a otros. La comunidad se reunía en "iglesias domésticas" dirigidas por hombres y mujeres que celebraban la Eucaristía y mantenían viva la fe. La actual Iglesia patriarcal y jerárquica estandarizada en la monarquía no es lo que Cristo imaginó, porque todos somos uno en Cristo (Gal.3:28).

Nosotros, los abajo firmantes, pedimos a los obispos y pastores de la Iglesia Católica  que nos involucren plenamente, al Pueblo de Dios, en el próximo proceso de sínodos convocado por el Papa Francisco. Comenzando a nivel diocesano, queremos que nuestras voces sean escuchadas e incluidas en todas las discusiones, continuando a nivel nacional y finalmente el Sínodo Universal en Roma en 2023.

Estamos entusiasmados por los comentarios del Papa Francisco a los obispos italianos (24 de mayo) sobre que el Sínodo debería tener un enfoque "de abajo hacia arriba", con el proceso comenzando en pequeñas comunidades locales y parroquias. Pidió paciencia, permitiendo que todos hablen libremente, dando paso a la "sabiduría del Pueblo de Dios".

Esperamos unirnos a otros en nuestra comunidad local para hablar en apoyo de los cambios que queremos y necesitamos en nuestra Iglesia. Aunque algunos de nosotros hemos dejado la Iglesia por frustración o decepción, reconocemos que ahora es el momento de decirles a los líderes de nuestra iglesia lo que nos ha alejado.

Además, nos comprometemos a enviar una carta a nuestro obispo o pastor para asegurarnos de que las opiniones de los laicos estén bien representadas.

Para que el Espíritu sea escuchado, los laicos de Dios deben estar bien representados en estos sínodos. Creemos que es esencial incluir los siguientes temas (1) en el cuestionario que se publicará pronto, y (2) en todas las discusiones a todos los niveles.

  • Cómo la Iglesia puede ser más acogedora, indulgente, amorosa e inclusiva
  • El papel de la mujer en el ministerio de la Iglesia
  • Un camino de regreso a los Sacramentos para divorciados y vueltos a casar
  • Lugar de la comunidad LGBTQ en la Iglesia
  • Papel de las pequeñas comunidades cristianas (SCCs) en la estructura oficial de la Iglesia
  • Laicos capacitados para administrar  parroquias y pequeñas comunidades cristianas, donde no se espera que haya sacerdote disponible
  • El celibato para los sacerdotes debe ser opcional
  • Transparencia y rendición de cuentas en el abuso sexual clerical, los delitos financieros y su uso del poder en la Iglesia.
 
 
 
TE INVITAMOS A PARTICIPAR
 

El contexto en el que se desarrolla este Sínodo: una pandemia mundial, conflictos locales e internacionales, el creciente impacto del cambio climático, las migraciones, las distintas formas de injusticia, el racismo, la violencia, la persecución y el aumento de las desigualdades en la humanidad, sólo por nombrar algunos factores. En la Iglesia, el contexto también está marcado por el sufrimiento que experimentan los menores de edad y las personas vulnerables a causa de abusos sexuales, de poder y de conciencia cometidos por un notable número de clérigos y personas consagradas. Dicho esto, nos encontramos en un momento crucial en la vida de la Iglesia y del mundo. Dentro de este contexto, la sinodalidad representa el camino a través del cual la Iglesia puede renovarse por la acción del Espíritu Santo, escuchando
juntos lo que Dios tiene que decir a su pueblo. Todos estamos llamados, en virtud de nuestro Bautismo, a participar activamente en la vida de la Iglesia. Por esto queremos ofrecerte estas preguntas para que puedas darnos tu opinión desde tu experiencia vivida.

 

PREGUNTAS PROPUESTAS

1. COMPAÑEROS DE VIAJE

En la Iglesia y en la sociedad estamos codo con codo en el mismo camino. En  nuestra  Iglesia  local,  ¿quiénes  son  los  que  “caminan  juntos”?  ¿Quiénes son los que parecen más alejados? ¿Cómo estamos llamados a crecer como compañeros? ¿Qué grupos o personas quedan al margen, gay, mujeres, migrantes, divorciados?

2. ESCUCHA

Escuchar  es  el  primer  paso,  pero  requiere  una  mente  y  un  corazón abiertos, sin prejuicios. ¿Cómo nos habla Dios a través de voces que a veces ignoramos?  ¿Cómo  se  escucha  a  los  laicos,  especialmente  a  las  mujeres  y  a  los  jóvenes?  ¿Qué  facilita  o  inhibe  nuestra  escucha?  ¿En  qué  medida  escuchamos a los que están en las periferias, gay, migrantes, divorciados?¿Cuáles son algunas de las limitaciones de nuestra capacidad de escucha, especialmente hacia aquellos que tienen puntos de vista diferentes a los nuestros? ¿Qué espacio damos a la voz de las minorías, especialmente de las personas que sufren pobreza, marginación o exclusión social?

3. HABLAR CLARO

Todos están invitados a hablar con valentía y decir todo, es decir, con libertad, verdad y caridad. ¿Qué es lo que permite o impide hablar con valentía, franqueza y responsabilidad en nuestra Iglesia local y en la sociedad? ¿Cuándo y cómo conseguimos  decir  lo  que  es  importante  para  nosotros? ¿Dónde se puede sugerir para discernir temas como el sacerdocio, diaconado de las mujeres o el matrimonio de los sacerdotes? ¿Cómo  funciona  la  relación con los medios de comunicación locales (no sólo los católicos)? ¿Quién habla en nombre de la comunidad cristiana y cómo se lo elige?

4. CELEBRACIÓN

“Caminar  juntos”  sólo  es  posible  si  se  basa  en  la  escucha  comunitaria  de  la  Palabra  y  la  celebración  de  la  Eucaristía.  ¿De  qué  manera  la  oración  y  las  celebraciones litúrgicas inspiran y guían realmente nuestra vida común y misión en nuestra comunidad o por qué no voy a misa? ¿De qué manera inspiran las decisiones más importantes? ¿Cómo  se  promueve  la  participación  activa  de  todos  los  fieles  en  la  liturgia? ¿Crees que la liturgia, misas sacramentos se deben actualizar y hacerlos mas participativos?¿Qué espacio se da a la participación en los ministerios de lector y acólito?¿Crees importante en la iglesia que se asuma el diaconado en hombre y mujeres, ministros de la eucaristía, de la celebración?

5. COMPARTIR LA RESPONSABILIDAD DE NUESTRA MISIÓN COMÚN

La sinodalidad está al servicio de la misión de la Iglesia, a la cual todos los miembros están llamados a participar. Puesto que todos somos discípulos misioneros, ¿cómo está llamado cada bautizado a participar en la misión de la Iglesia? ¿Qué impide a los bautizados poder ser activos en la misión, muchas veces criticamos pero poco participamos? ¿Qué áreas de la misión estamos descuidando? ¿Cómo apoya la comunidad a sus miembros que sirven a la sociedad de distintas maneras (compromiso social y político, investigación científica, educación, promoción de la justicia social, protección  de  los  derechos  humanos,  cuidado  del  medio  ambiente,  etc.)? ¿De  qué  manera  la  Iglesia  ayuda  a  estos  miembros  a  vivir  su  servicio  a  la  sociedad de forma misionera? ¿Cómo se realiza el discernimiento sobre las opciones misioneras y quién lo hace?

6. EL DIÁLOGO EN LA IGLESIA Y LA SOCIEDAD

El diálogo requiere perseverancia y paciencia, pero también permite la comprensión  recíproca.  ¿En  qué  medida  los  distintos  pueblos  que  forman  nuestra  comunidad  se  reúnen  para  dialogar?  ¿Cuáles  son  los  lugares  y  las  herramientas de diálogo dentro de nuestra Iglesia local? ¿Cómo promovemos la  colaboración  con  las  diócesis  vecinas,  las  comunidades  religiosas  de  la  zona,  las  asociaciones  y  los  movimientos  laicales,  etc.?  ¿Cómo  se  abordan  las divergencias de puntos de vista, los conflictos y las dificultades? ¿A qué problemáticas  específicas  de  la  Iglesia  y  de  la  sociedad  debemos  prestar  más  atención?  ¿Qué  experiencias  de  diálogo  y  colaboración  tenemos  con  creyentes de otras religiones y con los que no tienen pertenencia religiosa? ¿Cómo dialoga y aprende la Iglesia con otros sectores de la sociedad: con la política, la economía, la cultura, la sociedad civil y las personas que viven en la pobreza?

7. ECUMENISMO

El diálogo entre cristianos de diferentes confesiones, unidos por un mismo bautismo,  ocupa  un  lugar  especial  en  el  camino  sinodal.  ¿Qué  relaciones  mantiene  nuestra  comunidad  eclesial  con  miembros  de  otras  tradiciones  y  confesiones cristianas? ¿Qué compartimos y cómo caminamos juntos? ¿Qué frutos  ha  generado  el  caminar  juntos?  ¿Cuáles  son  las  dificultades?  ¿Cómo  podemos dar el siguiente paso para caminar juntos? 

8. AUTORIDAD Y PARTICIPACIÓN

Una Iglesia sinodal es una Iglesia participativa y corresponsable. ¿Cómo puede identificar nuestra comunidad eclesial los objetivos a perseguir, el modo de alcanzarlos y los pasos a dar? ¿Cómo se ejerce la autoridad o el gobierno dentro  de  nuestra  Iglesia  local?  ¿Cómo  se  ponen  en  práctica  el  trabajo  en  equipo y la corresponsabilidad? ¿Cómo se realizan las evaluaciones y quién las realiza? ¿Cómo se promueven los ministerios laicales y la responsabilidad de los laicos? ¿Hemos tenido experiencias fructíferas de sinodalidad a nivel local?  ¿Cómo  funcionan  los  órganos  sinodales  a  nivel  de  la  Iglesia  local  (Consejos Pastorales en las parroquias y diócesis, Consejo Presbiteral, etc.)? ¿Cómo podemos favorecer un enfoque más sinodal en nuestra participación y liderazgo?

9. DISCERNIR Y DECIDIR

En  un  estilo  sinodal  tomamos  decisiones  a  través  del  discernimiento de  aquello  que  el  Espíritu  Santo  dice  a  través  de  toda  nuestra  comunidad.  ¿Qué  métodos  y  procedimientos  utilizamos  en  la  toma  de  decisiones?  ¿Cómo  se  pueden  mejorar?  ¿Cómo  promovemos  la  participación  en  el  proceso decisorio dentro de las estructuras jerárquicas? ¿Nuestros métodos de  toma  de  decisiones  nos  ayudan  a  escuchar  a  todo  el  Pueblo  de  Dios?  ¿Cuál  es  la  relación  entre  la  consulta  y  el  proceso  decisorio,  y  cómo  los  ponemos en práctica? ¿Qué herramientas y procedimientos utilizamos para promover la transparencia y la responsabilidad? ¿Cómo podemos crecer en el discernimiento espiritual comunitario?

10. FORMARNOS EN LA SINODALIDAD

La  sinodalidad  implica  receptividad  al  cambio,  formación  y  aprendizaje continuo. ¿Cómo forma nuestra comunidad eclesial a las personas para que sepan cada vez más “caminar juntos”, escucharse unos a otros, participar en la misión y dialogar? ¿Qué formación se ofrece para promover el discernimiento y el ejercicio de la autoridad de forma sinodal? ¿Hemos sido formados para una iglesia clerical? El sacerdote manda y los laicos obedecen.¿La formación de los sacerdotes, crees que es conveniente revisar, los planes y estilos de formación para que sean sacerdotes sinodales? 

Tenemos hasta finales de Enero para recibir vuestra aportación. Las puedes enviar a parroquiaochagavia@hotmail.com  

 Que el Dios de Jesús nos guíe en nuestro caminar.

Cualquier información podemos buscarlas en:

https://www.synod.va/es.html     ésta es la página oficial del sínodo en el vaticano.

Muchas gracias

 
 
 

Ha comenzado la reunión informativa con secretarios y moderadores de los grupos de consulta del Sínodo. Unos 200 asistentes. Se ha presentado la comisión diocesana y a continuación se han dado a conocer las fechas, objetivos y otros aspectos así como la función de moderadores y secretarios.
De nuestras parroquias asistieron 8 personas, pedimos que el Espíritu Santo nos llene con el don de Sabiduría, ánimo amigos



 

EL SÍNODO DE LA SINODALIDAD

Amigas y amigos:  Ya estamos en estado de Sinodo,  el sínodo de la Sinodalidad. Como nos explica Gonzalo Haya en su artículo, nos jugamos mucho como iglesia. 
 
La Sinodalidad no es algo para el Papa y los obispos, sino que debe tener en cuenta la expresión de todo el pueblo de Dios. “El Espíritu Santo no está reservado para el clero. El Espíritu inspiró a los profetas, no a los sacerdotes ni a los reyes”. 

El Papa ha hecho una apuesta arriesgada. En mayo expresó su intención de que el Sínodo comience en las comunidades y parroquias locales “de abajo hacia arriba”. 

Se trata de que los obispos escuchen al pueblo. ¿Qué vamos a hacer para que nos escuchen? Tenemos por delante unos meses para dar un paso al frente concreto, cada uno desde nuestro sitio.

El Espíritu Santo no está reservado para el clero; el Espíritu inspiró a los profetas, no a los sacerdotes ni a los reyes. La sinodalidad eclesial se apoya más en lo carismático que en lo institucional.

“Vosotros sois cuerpo de Cristo y miembros singulares suyos. Dios lo dispuso en la Iglesia: primero apóstoles, segundo profetas, tercero maestros, después milagros, después carismas de curaciones, de asistencia, de gobierno, de lenguas diversas” (1 Cor 12, 27-28). Notemos que los profetas figuran antes que los maestros (los teólogos) y mucho antes que los carismas de gobierno (jerarquía).

Y estos profetas no eran seres extraordinarios como los del Antiguo Testamento; eran gente sencilla y tan frecuentes que Pablo los agrupa en un estamento. Pedro recuerda las palabras del profeta Joel: “En los últimos días, dice Dios, concederé mi Espíritu a todo mortal: vuestros hijos y vuestras hijas hablarán inspirados por mí…” (Hechos 2,16-18).

El Papa en su reunión con los obispos italianos el 24 de mayo expresó su intención de que el Sínodo proceda “de abajo hacia arriba” y que comience en las comunidades y parroquias locales pequeñas. No se trata de escuchar a los obispos, sino de que los obispos escuchen al pueblo y trasladen esa voz al Papa y al conjunto de los obispos.

Este Sínodo se extenderá hasta mediados de 2022, pero los seis primeros meses constituyen la fase de escuchar al pueblo, para sintetizar sus aportaciones y presentarlas ante la universalidad de los obispos.

Estos primeros seis meses son el tiempo adecuado para expresar nuestra visión y nuestros deseos para adaptar a la Iglesia con “los signos de los tiempos”. No los gastemos en titubeos, ni esperemos a que nos pregunten. No esperemos a ver qué nos dicen en la misa del domingo.

La organización diocesana española ha expresado su deseo, y su necesidad, de escuchar también a los cristianos que han abandonado la misa dominical y los sacramentos porque se sienten defraudados por el desfase entre la institución y el evangelio.

Es tarde, pero es nuestro tiempo” (Pedro Casaldáliga). Animémonos a expresar en la parroquia, en las revistas, en los blogs, en las redes sociales... nuestros anhelos de una Iglesia más fiel al evangelio de Jesús.

Gonzalo Haya Prats


 

1 comentario:

  1. Sugerencias para el Sínodo, "desde abajo", para renovar la iglesia según el estilo de Jesús en los tiempos actuales. Aquí las mías:

    Renovación de la liturgia. Más participativa, menos ritualista, menos monótona.
    El celibato opcional. Que no sea una condición ´´sine qua non´´ para la ordenación.
    Aceptar los sacerdotes casados. Antes o después de la ordenación.
    Simplificar y actualizar las vestiduras, desde el papa hasta los acólitos. Todo sencillo. Lo contrario es un gasto innecesario. Que se vistan como las personas en el tiempo en que se vive.
    Muchas gracias,

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