Cuaresma interior
La celebración de la Cuaresma, año tras año, puede parecer una noria, algo que se repite y forma parte de nuestra rutina piadosa. Pero, si uno está atento y se plantea las cosas con un cierto rigor y profundidad, puede que la noria nos descubra el valor del agua viva, la que Jesús ofreció a la samaritana junto al pozo de Sicar. “El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás” (Jn 4, 14). Una vez más, todo dependerá de cómo se viva, de lo que se espere o se busque, y de lo que se consuma o beba. La sed de plenitud que experimentamos no siempre queda saciada por una mundanidad experta en distraernos de lo esencial. En cualquier caso, algo hay que poner de nuestra parte para que la Cuaresma no se difumine y, pasado el merecido descanso y la semana de Pascua, tengamos que decir “a otra cosa, mariposa” y el tiempo cuaresmal sea, una vez más, un tiempo perdido.
La Cuaresma y la Semana Santa tienen su exterioridad, demasiado bella las más de las veces. Pero es grande el riesgo de que todo quede en el rito, en la coreografía y en la imaginería. Por eso, quisiera acercarme, en estas páginas, a la experiencia cuaresmal desde dentro, desde la espiritualidad cristiana y la vida interior, a fin de dar sentido a un tiempo que se me antoja precioso para el cuidado de nuestra vida y de nuestra fe. Si logramos vivir al amparo del evangelio, las imágenes y los signos alimentarán nuestra experiencia creyente y el tiempo litúrgico será un tiempo de salvación.
La liturgia nos ayuda a recuperar la verdad de la fe y de la vida. El proceso cuaresmal significa poco si no crecemos en la fe o si la vida se vacía de contenidos liberadores. Nuestra propia verdad está dentro, donde bailan entrelazados el amor y el dolor, el brillo y la decepción, la presencia y la ausencia, la cercanía de Dios y su nostalgia. La Cuaresma es un tiempo precioso de introspección y, al mismo tiempo, de salida al encuentro de los hermanos
En los temas de la fe y de la búsqueda sincera de Dios, la primera referencia es Jesús. De Él hay que partir y a Él hay que volver, a sus palabras, gestos y milagros. Y, muy especialmente, a los relatos de una pasión apasionada, capaz de dar vida en medio del dolor. Y dejar que sea Él quien nos ilumine y nos aliente. De su mano comprenderemos qué se nos ofrece y pide en este tiempo cuaresmal.
Limosna, oración y ayuno
Como un atrio, un umbral que marca y encauza el acceso al templo, la liturgia nos ofrece el texto precioso de Mt 6, 1-19, en el que quedan claras la práctica y la actitud del cristiano delante de Dios: la limosna, la oración y el ayuno, pero todo ello “en secreto”, allí donde escondemos el tesoro y alimentamos, no exentos de alegría y de dolor, nuestro yo más verdadero.
Limosna, oración y ayuno suponen algo más que un planteamiento ascético. El texto del capítulo 6 de Mateo, propio del Miércoles de Ceniza, se convierte en una referencia fundamental que nos ubica delante de Dios y de nuestros hermanos. Jesús plantea una relación nueva: “Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos”.
Lo que está en juego es cómo nos situamos delante de Dios, es decir, si practicamos las obras buenas que nos hacen justos ante Él y, al mismo tiempo, asumimos la contemplación del mundo y de su historia con ojos de misericordia. Solo así podremos aunar la vida y la fe, y renovar el seguimiento de Jesús. Los ojos misericordiosos nos llevarán a la limosna, al ejercicio de la solidaridad, a ponernos en el lugar del necesitado, del pobre que, más allá del pan, está pidiendo que se le abran las entrañas de la esperanza. Semejante compromiso nos recuerda que no podemos amar a Dios a quien no vemos si, al mismo tiempo, no amamos al hermano a quien vemos.
Intimidad del corazón
Semejante convicción marca el sentido de nuestra oración. No se trata de orar para tener a Dios de nuestro lado, gozar de su protección y lograr que convierta el agua en vino o multiplique nuestra fortuna. Mucho menos se trata de mantener ante el respetable público la imagen aparente de una persona piadosa, justa y buena y, al mismo tiempo, vivir en la mentira, en la corrupción o en la codicia del poder o del dinero. El encuentro con Dios en la intimidad del corazón nos exige autenticidad y transparencia.
Y así ocurre también con el ayuno. Tal como Mateo lo plantea, el ayuno va unido a la imagen que ofrecemos y, por lo tanto, a la sinceridad de nuestra vida. Por eso, Jesús, de forma directa, nos previene. Si queréis vivir de otra manera, tened cuidado con la hipocresía, con esa inmensa capacidad que el hombre tiene de aparentar lo que no tiene, lo que no ama y lo que no es.
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